¿Ocaso de la universidad privada?

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¿Qué tanto disminuirá la matrícula universitaria en el segundo semestre del 2020? Los ingresos de las familias han disminuido y el teleestudio, en la era del COVID 19, ha sido, con excepciones, misión imposible. La “oferta de valor” de parte de muchos centros de educación superior, la contraprestación al pago de costosísimas matriculas, se ha cumplido en muy pocos casos.

Más allá de la crisis de las universidades públicas, algunas de primer nivel, desfinanciadas hace rato y presas, varias, de la corrupción y el clientelismo, las privadas atraviesan por, quizás, el peor momento en su historia.

Las universidades privadas, buenas, regulares y malas, han visto disminuir las matrículas, al menos, desde 2018. El programa Ser Pilo Paga había servido de amortiguador en la caída de los ingresos operacionales de centros educativos elegidos por miles de bachilleres brillantes y de escasos recursos.

Sin Pilo Paga y obligadas a realizar inversiones que permitieran la acreditación, un proceso en vía de burocratización, la reducción en los ingresos apretó aún más las finanzas de las universidades, horadando sus reservas.

Había que invertir en contratar más doctores, en estrategias de investigación, en internacionalización, en nuevos programas académicos. La acreditación de numerosas universidades no fue correspondida con mayor demanda. Al contrario.

Y, finalmente, llega el coronovirus y el confinamiento, apenas a mes y medio de iniciado el primer semestre de 2020, desnudando enormes falencias: son muy pocas las universidades privadas que han tenido la capacidad de continuar, en línea, sus programas con mínimos estándares de calidad.

Una mezcla de inexistencia o debilidad de las plataformas virtuales, así como la prevalencia de la cultura profesoral y administrativa amarrada a la presencialidad, han puesto en evidencia la desactualización tecnológica y programática de una buena parte de las universidades privadas colombianas.

Más allá de los síntomas, sin embargo, están razones de fondo: el alto desempleo de los jóvenes, los bajos salarios que perciben, después de años de alto costo, los graduandos. Y, súmese ahora, la caída en picada de los ingresos de las familias, proceso que venía en marcha de tiempo atrás.

Es obvio, entonces, que ante el incumplimiento de las universidades de no estar en condiciones de ofrecer su oferta de programas por la vía virtual y, dada la reducción de los ingresos familiares, decenas de miles de jóvenes ansiosos de continuar estudiando estén tomando la decisión de no matricularse en el segundo semestre y, mejor, inscribirse en cursos en línea gratuitos ofrecidos por universidades de primer nivel en el mundo, en cualquier disciplina.

No hay mal que por bien no venga. La crisis de la pandemia y su impacto sobre las universidades deben conducir a dos grandes hechos: la refinanciación de las universidades públicas, por un lado; la sobreviviencia de aquellas privadas que consigan actualizarse en términos de programas que correspondan a los retos contemporáneos, con la capacidad de ofrecerlos en campus virtuales a la par de los buenos internacionales, por otro.

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