Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Ocaso del mandamás

Para el mandamás, un mínimo déficit de poder se convierte en frustración. No logra entender cómo los hechos suceden según un gusto caprichoso y ajeno, cómo el mundo se empecina en desobedecer. El amo recuerda los tiempos felices cuando la realidad se acomodaba a sus designios. Ahora ese mecanismo de mando se ha roto y no queda más que la furia, los golpes desesperados del chófer contra el volante.

Antes la desobediencia se pagaba con las monedas de la persecución y las diligencias de los capataces. Bastaba señalar para que los verdugos oficiosos hicieran su trabajo. Pero los dominios se han ido reduciendo a su rancho y su rebaño, y el jefe pierde la paciencia con facilidad, se descoloca y se ve algo ridículo en su trono honorario. Se ha dedicado a incordiar, ha pasado de ser el ave sobre el espaldar del trono a la simple ladilla en el cojín del mismo. Incomoda, rasca, pincha con aguijón.

Pero si el mundo no obedece será necesario un pequeño incendio, una obligada tempestad, una masacre aleccionadora. El superior se dedica entonces a incitar, le quedan sus discursos alebrestados seguidos de sus sermones pausados, algo de cólera adornada con un poco de mansedumbre. El reino no obedece como él quisiera, pero quedan suficientes vasallos para azuzar. Y está el odio. “¿Cuántos seguidores arrastra tras de sí la incertidumbre? Arrastra solo el odio, que sabe lo suyo”. No necesita esfuerzo cundo acude a ese recurso, lo tiene siempre a la mano.

Pero lo más triste es el infierno de sus ahijados, de sus príncipes recién adoptados. Todo comienza con un gesto de reprobación y las exigencias imposibles de la institutriz. Un poco más tarde ya se ha convertido en el superior del regimiento. Ya no son solo órdenes, empiezan a aparecer los castigos y las humillaciones: flexiones, carreras, silencios impuestos. Cuando declara la traición definitiva, cosa inevitable frente a quienes van unos pasos más allá de sus caballos, llega la hora de fustigar. Son los tiempos de la obsesión ante las declaraciones, los gestos, las decisiones del señalado impostor. Ya no habrá tregua. Cambiará las siglas de su partido y comenzará una nueva embestida. No se puede negar que, a pesar de la distancia del trono usurpado, parece disfrutar su papel de implacable inquisidor: señala, atosiga, agobia. Y vuelve sobre el pasado, recuerda sus hazañas y sus agallas, el mundo dócil y ordenado que logró construir no sin esfuerzos y sacrificios, sobre todo ajenos. Ahora parece un reflexivo y nostálgico rey Lear, y repite sus palabras desde la silla de montar: “Yo soy un hombre contra quien han pecado más de lo que él pecó”.

Al final, los triunfos se convierten muy pronto en derrotas. Donde se buscaban revanchas algunos partidarios pretenden conciliaciones. A medida que él se endurece todos parecen demasiado blandos, demasiado cobardes. No es el momento para intentar apaciguamientos ni proponer acuerdos. Nadie puede explicarle que, cuando quiere mandar sobre el país como manda sobre su escritorio, “no hará sino volcar tinteros y aumentar más aún la confusión al querer arreglar las cosas”.

849596

2019-04-10T00:00:54-05:00

column

2019-04-10T00:15:01-05:00

[email protected]

none

Ocaso del mandamás

19

3220

3239

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Pascual Gaviria

El traje nuevo del emprendedor

Mareas de coca

Vuelta de suplicios

El presidente interno

La cosmicómica