Por: Nicolás Uribe Rueda

Oclocracia a la colombiana

Pensando en distanciarme de la pesadumbre del debate político nacional, decidí repasar las Historias de Polibio (libro VI), en donde trata la teoría de la sucesión cíclica de los regímenes políticos: “Con cada una de las constituciones nace una cierta enfermedad que se sigue de ella naturalmente. Con la realeza nace el desmejoramiento llamado tiranía; con la aristocracia, el mal llamado oligarquía, y con la democracia germina el salvajismo de la fuerza bruta”.

La oclocracia, o gobierno de la muchedumbre, es pues la natural desviación de la democracia, en donde una parte del pueblo enfurecido se cree dueña de un poder sin límites, reclama que los gobernantes no están a su altura, se niega a obedecer las normas y busca acabar todo aquello que ponga límite a su voluntad desenfrenada. Se trata pues de una desviación de la voluntad popular, como diría Rousseau, hacia la imposición de la voluntad de la mayoría, generalmente manipulada por intereses particulares y liderada por hombres carismáticos que se apoyan en la indignación, en las mentiras y en la demagogia pura y dura. Todo con el objetivo de obtener o quedarse en el poder.

La oclocracia no representa los intereses del pueblo, sino que hábilmente lo utiliza para obtener legitimidad. Su integrante más representativo es el famoso hombre-masa que describe Ortega y Gasset, que tiene “sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones; es el hombre sin la nobleza que obliga”. Oponerse a la oclocracia es un peligro que se paga con la estigmatización, porque quienes la promueven son virtuosos en presentarla como la expresión de la más pura democracia.

La oclocracia es la versión culta de la vulgar “revolución ciudadana permanente”, que se apoya en la aparente legitimidad de la participación popular para ir en contra de la ley y las instituciones, elementos que el oclócrata no puede soportar y quiere desmontar por la vía de la resistencia popular, porque ellas significan talanqueras a sus ambiciones de poder.

A mi manera de ver, la democracia colombiana está enfermándose. A cada institución, para cooptarla, le están metiendo un escenario de participación ciudadana (hay más de 37 en los acuerdos de La Habana), la Corte Constitucional ha convertido la consulta previa en un derecho sin límites que es exigible incluso por invasores ilegales y el discurso político cultiva el resentimiento de la muchedumbre en contra de gente honesta que sólo cree en el respeto a las instituciones. Cada día se acredita más una ideología que trata a los empresarios de corruptos y gradúa de antivalor a la riqueza. Los medios de comunicación temen nombrar al bandido por su nombre y suelen justificar el abuso del derecho con la indignación o la injusticia. La justicia es inoperante, la corrupción es una cuasi norma de conducta y los peores criminales, ahora convertidos en multimillonarios demagogos, se la pasan impulsando su versión tergiversada de “la historia” en universidades, mientras se toman fotos con incautos.

@NicolasUribe

 

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