Por: Carlos Granés

Octavio Paz y el arte moderno

Nadie entendió mejor la cultura de la modernidad, y en especial el arte de vanguardia, que Octavio Paz.

 Aunque a primera vista parezca extraño, era lógico que el arte europeo del siglo XX encontrara a su más lúcido intérprete en un latinoamericano, en este caso un mexicano. Como tantos otros poetas y artistas de América Latina que llegaron a la madurez en las primeras décadas del siglo XX, Paz viajó a Europa y a Estados Unidos a impregnarse de las últimas corrientes intelectuales y estéticas. Allí vio de cerca los cuadros cubistas, expresionistas, surrealistas, dadaístas y de las demás vanguardias occidentales, y la impresión que tuvo, sumada al vasto conocimiento que había acumulado de poesía moderna, le dio la clave para entender el tiempo convulso en el que vivía. Mejor aún, le mostró la enorme paradoja que estaba en el núcleo mismo de la modernidad cultural: la actitud moderna por antonomasia era aborrecer lo moderno.

En efecto, el arte del siglo XX estuvo en permanente lucha consigo mismo, y sus representantes más señeros, los artistas de vanguardia, renegaron de su herencia para buscar nuevas tradiciones y referentes morales. En la era de la razón, los artistas criticaron la luz que desencantaba el mundo. Odiaron el estilo de vida occidental, sus academias, su capitalismo, su burguesía, y se refugiaron en las culturas primitivas de Oceanía, África y América. Ahí vio Paz una tensión irresistible: ser moderno era, a la vez, ser salvaje; aceptar que había un tiempo oculto, circular, y que el pasado psíquico del hombre seguía ahí, esperando una válvula de escape. En el caso de europeos como Kirchner, Picasso o Breton, lo primitivo estaba lejos. En el de Paz, no; era el subsuelo de México, su pasado prehispánico. Eso marcó una diferencia entre los modernos europeos y latinoamericanos. Los primeros se abrieron al mundo, los segundos se sumergieron en lo propio. Le ocurrió a José Carlos Mariátegui, a Oswald de Andrade y a tantos otros, incluso a Borges. Después de su experiencia en Europa, volvieron a sus países a escarbar las entrañas nacionales: el indigenismo, la brasileidad, el criollismo argentino o, como en el caso de Paz, la identidad mexicana.

Por esta senda llegó Paz a El laberinto de la soledad, uno de sus libros más famosos. Pero ahí no se detuvo. La modernidad había generado su propia tradición, una tradición de la ruptura, y Paz, muy consciente de esto, también rompió una y otra vez con los puntos fijos, incluso con los fijados por él mismo. En los años sesenta se desinteresó de la mexicanidad y abominó del nacionalismo. Sintiéndose contemporáneo de todos los hombres, pudo hacer lo que habían hecho los vanguardistas europeos: buscar nuevas tradiciones y horizontes morales. Los encontró en la India. La libertad espiritual del surrealismo lo animó a saltar fronteras y despreciar dogmatismos. También le permitió intuir el fin de ese impulso rupturista. Aunque valoró ciertos aspectos del arte pop, advirtió que estos artistas dejaban de buscar en otras tradiciones y se contentaban con celebrar los mitos occidentales. Ahí acababa la rebelión. El artista se empezaba a sentir a gusto en su mundo: empezaba el desierto de la repetición.

 

Carlos Granés

 

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