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Por: Cristo García Tapia

Octubre de subienda

Aunque los de octubre no son tiempos de “suba”, como llamamos por estos pagos de Sucre, Córdoba y Bolívar la subienda de bocachicos que, por las calendas de diciembre y enero, abastecen los mercados de nuestro Caribe regado de corrientes fluviales, la de candidatos a cuanto cargo y corporación pública se atraviese supera en cantidad a aquellas de grata memoria y regocijo.

Pero era en la plenitud del verano caliginoso de fin y principio de año, cuando los bocachicos y bagres, las especies más conocidas y consumidas por nosotros, alcanzaban su fervorosa travesía migratoria desde la Costa Caribe, vía río Magdalena, hacia las aguas y mercados de laderas y montañas de La Dorada, Caldas, Honda, Tolima, y todos los puertos y paraderos que el río padre iba dejando a su paso aguas arriba.

Pareja con el ritual de desaforada reproducción íctica que tenía ocurrencia en las vertientes, caños, ciénagas y vericuetos de agua dulce de medio país, se producía la trashumancia de gentes de todas las regiones tras el dorado de bocachicos, bagres, nicuros, capaces, que poblaban por el termino de sesenta noches y madrugadas aquel río proteico y legendario.

Un gentío que en cada subienda alistaba cuanto tenía a mano, que no era mucho, pero si lo indispensable para sobreaguar en las cálidas y resbaladizas longitudes de una esperanza atávica recubierta de escamas, entrecruzada de espinas y provista de unos ojos de piedra, entre rojizos y verdes, casi inmóviles.

Largas, de familias enteras, eran las procesiones de pescadores que, bajo la canícula titilante de los dos meses que duraba la subienda, iban y venían, subían y bajaban por distintos puntos de la geografía fluvial colombiana, persiguiendo el refulgente botín que entonces se deslizaba por millares entre las corrientes que, después de regarse turbulentas por buena parte de la diversa geografía colombiana, escurrían su caudal en el río patriarcal.

Pasados aquellos días de trafago y jolgorio, todo volvía a su estado natural.

A discurrir sin prisa ni novedad alguna que fuera más allá de una amanecida más temprano, del paso de una estrella enana de un lado a otro del cielo neblinoso del alba, o del olor a azufre perfumado de canela y limón de algún súcubo extraviado en los andurriales del infierno, cuya alma llevaban en andas por los caminos de la subienda ángeles juguetones y risueños.

Más numerosa y distinta de la que en los diciembres y eneros de idos tiempos remontaba en bullicioso cortejo el Magdalena, es esta que por septiembre y octubre en los de ahora, se multiplica y desplaza incesante y lanza redes y trampas en cuanto charco divisa en esta patria refundada.   

Son los pescadores de votos, candidatos de todo y a cuanto cargo público se subasta en el río inagotable, imperecedero, rico y generoso a manos llenas, del Estado, los presupuestos públicos, las rentas, tributos y canonjías, que abundan en uno y otros y son de fácil, ilimitada, captura.

Es la suba electoral, más parecida a una batalla campal que al apareamiento de las especies ícticas, cuyas redes se despliegan sobre todas las aguas, dulces y saladas, tierras bajas y altas, llanos y costas, cordilleras y valles, para atrapar la más estimada de las presas a la que pescador alguno pueda aspirar: el voto, cuya carne se cotiza, dispensa y consume en los mercados nacional, regional y local, muy por encima del inalcanzable esturión beluga de los gélidos y remotos mares del norte.

No obstante el precio y la dificultad para atraparlo en aguas abiertas y tranquilas, la oferta de tan jugoso como nutritivo y resbaloso pez tiene asegurada su creciente demanda por un consumidor selecto que, de generación en generación, ha desarrollado y pulido las destrezas y habilidades de sus antepasados para preservar, a cualquier costo y riesgo, la exclusividad de su consumo, el privilegio de casta de su reproducción y la garantía a perpetuidad de la explotación de los bancos y criaderos nacionales de la especie.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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