Por: Alfredo Molano Bravo

Ocultar la muerte

Cuando mi hijo menor tenía 5 años y pasábamos unos días en una ranchería wayuu, correteaba día y noche con niños de su edad.

Una madrugada salieron todos atropellándose a mirar los chivos en un corral. Se trataba de algo especial, pero cotidiano. Uno de los indígenas mayores agarró un cabrito por las orejas, sacó de su cintura un cuchillo y lo degolló. La sangre saltó caliente y se encharcó mientras colgaban el animal de las patas traseras para desangrarlo. Lo despellejaron, lo despresaron, y la cabeza quedó colgando. Mi hijo no volvió a comer nada que “tuviera mamá” durante muchos días. Para los niños indígenas, el sacrificio del cabrito era un hecho casi diario: más aún, ayudaban a cortar los entresijos para hacer el friche, un picadillo de hígado, corazón, bofe y riñón cocinado en sangre.

No hace mucho en Casanare, con mi nieta de 6 años y mi nieto de 12 nos invitaron al “sacrificio de una mamona”. Lo dudé porque sabía de qué se trataba, pero al fin, me dije: si ellos van a toros a la Santamaría, pues no les impresionará mucho la muerte de una novilla. Al atardecer del día anterior, los vaqueros habían arriado el ganado hasta el corral y el mayoral había escogido una ternerita de 8 meses. La manearon de las cuatro patas y la ataron al botalón. A la mañana siguiente, entre oscuro y claro, llegamos justo cuando iban a sacrificarla. Los niños llaneros que vivían en el hato esperaban atentos con baldes a que el mensual comenzara la faena. Con el cuchillo que siempre llevan en el ijar, el hombre degolló la ternera y el chorro de sangre oscura brotó como de una fuente. Los niños recogieron la sangre y mientras unos vaqueros pelaban la ternerita, la despresaban y ponían la carne en los chuzos para asarla, otros extendían el cuero al sol y lo fijaban a la tierra con estacas para hacer rejos de enlazar. Una faena. Mis nietos se mostraban inquietos y miraban más con interés que con miedo. Al final les pregunté: ¿Cómo les pareció? Me respondieron: horrible, y mi nieta agregó: En la Santamaría la muerte no es tan fea.

Tenía toda la razón. Y eso que nunca han visto como matan las reses en los mataderos municipales: las descabellan con un punzón afilado y el animal da estertores, muge hasta que la vida se le escapa por la herida que le han abierto para degollarla. Un río de sangre mancha las paredes y las botas del matarife. Parte de la sangre –la negra, que llaman– la recoge el “pesero” para venderla y hacer caldo de pajarilla, muy apetecido para curar el paludismo. Tampoco han visto cómo se mata en el campo un marrano. Lo manean en medio de los más espantosos berridos del animal, casi humanos; luego quien va a sacrificarlo le levanta la cabeza por las orejas, saca un cuchillo de 35 centímetros que ha afilado sobre una piedra y se lo clava en el propio corazón. Es la célebre cuchillada marranera. La sangre brota a borbotones, pero el animalito queda revolcándose, chillando y hasta saltando hasta que se paraliza. Menos aún han visto como matan a los cuyes en Nariño: quien lo va a cocinar lo saca de debajo del fogón, donde viven comiendo pasto, calentándose y reproduciéndose. Lo cogen por el hocico, le empujan con fuerza la trompa sobre el suelo hasta que lo ahogan “porque él lleva la muerte ahí”, y chillando lo despellejan y lo descueran y empalan con un chuzo para asarlo a la brasa. Tampoco han visto matar conejos ni pollos. ¡Ni caballos!

La realidad es que la muerte de los animales domésticos siempre impresiona porque uno –también algún magistrado– se pone en el lugar del bicho. Y se le atribuye la angustia, la agonía, y el dolor que uno sentiría en manos de un matarife. Es un mecanismo corriente. Si no se asiste a ese espectáculo, se come carne como si fuera una lechuga, aunque haya sido regada con orines. Hoy en los mataderos de las ciudades, las reses son muertas –mejor decir, asesinadas– con una pistola que descarga un golpe eléctrico brutal como el que deben sentir los condenados a muerte en la silla eléctrica. Muertes ambas indignas y cobardes. Las reses no quedan muertas, quedan inconscientes y siguen moviéndose cuando las cuelgan y las degüellan para sangrarlas. Después las despresan y las cortan para la mesa, donde los antitaurinos se comen el bife chorizo a punto, es decir, sangrante.

Todo el problema de la muerte digna de los animales consiste en no ver la manera como los matan. Es digna cuando ese sacrificio se hace a escondidas.
La globalización está empeñada en borrar la muerte. En esconderla. ¡Es horripilante! ¡Enluta! ¿Ha visto alguien en una propaganda cualquiera de cualquier producto un muerto? ¡No! Ese hecho de la vida debe ser suprimido. La muerte solo se muestra –¡y de qué maneras tan brutales y crueles!– en la televisión; ahí es digno matar y contramatar. Y sobre todo, no inquieta ver la sangre humana si al tiempo se toma coca cola y se come una hamburguesa.

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