Por: Humberto de la Calle

Oda al bolardo

Es inverosímil. Me contó Héctor Riveros, a la sazón secretario de Gobierno de Bogotá, que cuando empezó la guerra del bolardo contra la administración Peñalosa, introdujo una reunión de los inconformes con la siguiente frase: "Los andenes son para los peatones". Aunque parezca un chiste, la mayoría de los asistentes mostró sorpresa y estupor por esta afirmación de la administración. Qué cosa extraña, dijeron. No se nos había ocurrido.

El incidente sería una anécdota fugaz, destinada a la picaresca de la ciudad, si no fuese porque la oposición a los bolardos subsistió, dio lugar a una guerra que casi tumba la administración y, todavía hoy, una década después, uno de los principales ataques a Peñalosa es la implantación de bolardos cuya única función era impedir que los automóviles abordaran las aceras para parquear sus vehículos, sin ningún respeto por el peatón, generando serios peligros para su seguridad, borrando sus derechos y creando una absurda situación en la ciudad que impedía caminar casi que por cualquiera de sus maltrechas vías.

Este es un lindo caso de laboratorio para la sociología política. Los afectados por la medida, esto es, las clases altas que han convertido el carro particular en una prolongación de su personalidad, en contubernio interesado con taxistas y buseteros, se tomaron la voz de la comunidad, llevaron su mensaje a unos medios de comunicación que, sin una actitud crítica, se sumaron a la reyerta. La gran masa, la que camina por necesidad, no tuvo expresión alguna. Se estableció como verdad unánime que la decisión de Peñalosa era un acto arbitrario.

Recordando a Ortega, no hubo una justificada Rebelión de las masas. La plebe, la que camina, no tuvo voz, pero tampoco tuvo interés en reivindicar sus derechos. Lo que vimos en Bogotá fue La emasculación de las masas. Un conformismo impenetrable que permitió, además, que algunos interesados se tomaran una vocería inmerecida en contra de los intereses de la mayoría, para producir un efecto político adverso a quien defendía el derecho colectivo.

Muchos dicen que les gusta el corte gerencial de Peñalosa y su experiencia, pero que ahora quieren derrotar a Uribe en cabeza suya. Más allá de los aciertos (muchos) de Uribe, y de sus errores (protuberantes), la convocatoria ahora es a darle a Bogotá su mejor solución, antes que dirimir disputas nacionales.

* * *

¿Regresa monseñor Builes? El obispo Córdoba, casi siempre tan aplomado, ha amenazado con fuego eterno a los senadores que negaron la prohibición absoluta del aborto. Respeto a los que piensan que por razones éticas o religiosas el aborto no procede en ningún caso. Pero reivindico el derecho a decidir libremente en los tres casos dramáticos que avaló la corte. Dígase lo que se diga, estos tres casos tienen su propia particularidad y corresponden a circunstancias extremadamente gravosas. Es razonable que el Estado excluya la sanción penal. Es un espacio legítimo de libertad. Eso es todo. Que las iglesias guíen a sus ovejas. Pero si faltara alguna demostración del deseo de derrotar el carácter aconfesional del Estado y de imponer a otros las convicciones religiosas propias, las palabras de monseñor son la prueba reina. Que las llaves del cielo las maneje directamente Dios. O, si va a delegar, que queden en las manos de San Pedro. Exclusivamente.

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