Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Oda al centro comercial

No pienso, como Piedad Bonnett, que los centros comerciales sean los nuevos templos —pues capillas se multiplican diariamente—.

Y, si así fuera, no me parecería peor: llegado el caso, cualquier domingo pasaría de largo por la puerta de una iglesia y entraría a Gran Estación. Tampoco creo que se trate de lugares particularmente excluyentes. Esto, como todo en nuestras ciudades, depende del barrio (en aceras limpias del norte de Bogotá hasta las panaderías se reservan el derecho de admisión).

¿De dónde proviene entonces este temor al centro comercial? Intelectuales los desprecian argumentando que antes, en lugar de asistir a ciudadelas de comercio, los colombianos se divertían “sanamente” en teatros, plazas públicas y pintorescas calles.

Pese a estas ensoñaciones, el pasado no siempre fue mejor. Los sectores que iban a teatro continúan asistiendo a teatro, las familias con finca van a sus fincas y los que tienen acceso a club siguen legando su membresía generacionalmente. El centro comercial surgió, más bien, como una alternativa importante para aquellos con menos opciones.

Luego tal vez la antipatía hacia estos espacios brote de una silenciosa (pero consistente) desconfianza hacia las clases medias y populares. Mujeres u hombres, con nuevo poder adquisitivo, que, según este culto reduccionismo, van a salir corriendo a “consumir” poseídos inevitablemente por el demonio del “capitalismo rampante”, alienados, mudos, a comer pollo y comprar minifaldas, en una vida linear, sin conversaciones interesantes, dudas, matices.

En una ciudad lluviosa, celebro los centros comerciales. Tintal Plaza, Titán Plaza, Primavera Plaza, Salitre Plaza. No serán las “plazas” ilustradas de antaño, con que sueñan algunos nostálgicos, pero ciertamente están lejos de ser las moles grises plenas de autómatas, que tanto entristecen a Bonnett.

Puedes consultar la columna Los nuevos templos, de Piedad Bonnett, en este enlace

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