Odín: un teatro de símbolos

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Al principio de La vida crónica, el espectáculo que trae el notable Teatro Odín de Dinamarca, una de las fuerzas más dinámicas dentro de las artes escénicas de nuestros días, uno de los personajes menciona que “nunca conoció a nadie que hubiera sabido de un día de paz”.

Esa es la pesadilla que describe la obra, un montaje kafkiano donde bajo el pretexto de un muchacho que llega a buscar a su padre como sucede en la novela de Rulfo, Pedro Páramo, que comienza diciendo que “vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre”, se desarrolla una serie de momentos casi todos con un símbolo. El joven llega a un mundo del futuro en donde la guerra es una constante y donde la esperanza ha desaparecido hasta el punto de que todos aconsejan al muchacho que deje esa búsqueda inútil. Este frágil pretexto argumental es el camino para unir una tras otra una serie de escenas oníricas, que uno es libre de interpretar como le parezca.

El ambiente es de pesimismo. Incluso, cuando termina la guerra con un triunfo donde no se sabe quién es el vencedor y que es marcado por dos de los actores tocando en trompetas marchas triunfales de óperas de Lully y de Verdi, los momentos macabros continúan. De hecho, al final, cuando el muchacho parece haber encontrado un camino y acompaña a la violinista que simboliza la vida, lleva por si acaso escondido un revólver para lo que pueda suceder.

El resultado final de esta serie de escenas, sin aparente conexión la una con la otra, es que el espectador se incorpora al espectáculo, y pone a trabajar sus poderes de interpretación para tratar de entender qué simboliza cada momento del espectáculo. El deseo de Brecht de buscar un alejamiento para que el espectador pueda ser crítico, se cambia aquí por la aspiración de que el público interprete, como en un gigante test de Rorschach, lo que quiere decir cada momento por el que se pasa. Lo cierto es que todos los personajes, en una forma u otra son víctimas, ya que incluyen la viuda de un etarra, una refugiada de Chechenia o el mencionado joven sin padre y es con esas víctimas como a la larga uno se identifica.

Como se ve, se plantean problemas, pero el director y dramaturgo, Eugenio Barba, muy acertadamente trata de que sea el mismo público el que encuentre individualmente la solución. Es un arte escénico sofisticado y de gran profundidad, pero tiene además la cualidad de ser entretenido. No es como tanta aburrida presentación experimental a que nos someten con tanta frecuencia, que en el fondo sigue la descripción shakesperiana del cuento contado por un idiota lleno de pompa y ruido pero que no significa nada. Por el contrario, Odín nos da algo elocuente y de gran trascendencia y esa virtud pone bien en alto el arte escénico.

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