Por: Arlene B. Tickner

Odio, arte y catarsis

El odio está de moda. Según el relator especial de la ONU sobre formas contemporáneas de racismo, discriminación racial, xenofobia y formas conexas de intolerancia, los crímenes vinculados con la supremacía blanca, los sentimientos antimigrantes y el antisemitismo han crecido de forma constante durante los últimos años. Desde la orgullosa “salida del clóset” de los neonazis, el Klu Klux Klan y otros grupos extremistas, algunos de quienes ya ganan elecciones, hasta los ataques atroces a lugares de oración musulmanes, judíos y cristianos, el mundo observa una alarmante tendencia de globalización del odio y de normalización de la violencia relacionada con éste.

Si bien los países occidentales han sido el foco principal de discusión a la hora de examinar este fenómeno —que obedece a una compleja mezcla de “miedo blanco”, malestar económico, desigualdad social, aumento de la migración, polarización política e uso efectivo de redes sociales—, también aumenta en el Sur global a manera de “espejo”. En Sudáfrica, por ejemplo, la retórica y los ataques antimigrantes contra los ciudadanos de Mozambique, Malí y Zimbabue son hechos cotidianos, igual que los crímenes “religiosos” en la India, perpetrados generalmente por los hindúes en contra de los musulmanes.

Lo que subyace al odio en sus distintas manifestaciones es la narrativa —cosechada muchas veces por el populismo— de que x identidad racial, étnica, ideológica, sexual o de clase está en riesgo y debe defenderse contra otra y que la amenaza. En esto, la política ejerce un rol protagónico al fijar el umbral de la división y la violencia, así como la unidad y la tolerancia. Así, cómo contrarrestar el odio mediante el desmonte de binarios como amigo/enemigo y nosotros/ellos constituye uno de los desafíos principales de la sociedad global, al que Colombia claramente no es ajena. El asesinato sistemático de líderes sociales, la intolerancia y la estigmatización de la diferencia y el reasomo del fantasma de los falsos positivos indican que las prácticas derivadas del odio están vivas y coleando.

Desde hace tiempo, el arte se perfiló como un arma de resistencia que permite combatir el odio, empoderar a sus incontables víctimas, cambiar la percepción colectiva de la realidad y construir contranarrativas. De allí que intervenciones artísticas como Quebrantos, realizada por Doris Salcedo esta semana en la Plaza de Bolívar, cuya minuciosidad y cuidado obligan a pausar, sentir y pensar, se tornan tan poderosas.

Como en otras obras públicas de la artista, esta constituye un gesto de reconstitución de la memoria de quienes han sido asesinados y de duelo y protesta colectivos. Según lo explica Salcedo, así como la violencia (en Colombia) deshace el cuerpo, la mente, la cultura y la nación, el acto de coser, suturar, martillar y, en este caso, romper cristales para escribir los nombres de líderes y lideresas idos, simboliza la reparación —siempre incompleta y fragmentada— de lo que se ha deshecho. Sin embargo, al mostrar que la ausencia no es simplemente lo opuesto de la presencia sino algo que se construye en sintonía con el pasado/presente, mediante la conversión de vidrios inanimados en creaciones vivas, Salcedo también desestabiliza los mismos binarios que originaron el odio y la violencia en primer lugar, abriendo un horizonte importante a la catarsis y la transformación.

 

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