Por: Diana Castro Benetti

Ofensas

Si hay algo que no cambia es el insulto. Nadamos en las mismas palabras de hace algunos siglos: negro, indio, loco, puta, vieja, fea y otras tantas que son como los peajes para la existencia. Montones de injurias y una guerra debajo del brazo. Ofendemos y nos ofenden. Circuito perfecto. Perverso círculo.

Toda ofensa, por pequeña o tonta, produce dolor, desata resentimiento, sana muy despacio, se anida en el corazón y en el momento menos previsible, se recuerda y produce reacciones. Tranca el futuro. Gordo, imbécil, tonto, son espejos propios y de los otros. Injurias que, como nuditos, reproducen el desprecio. Es veneno contraído. Nadie se escapa. Ofender es un acto de indignidad propia. Sentirse ofendido también. No hay mucho lugar para la creatividad.

Nos ofendemos por poco o por mucho, pero cuando sucede es mejor mirar hacia adentro. Intentar la quietud, respirar hasta diez. Verse tal cual. Ver la palabra y la actitud que nos hace eco. Nos ofendemos porque nos empujan, nos cierran la puerta, nos quitan el paso, porque ocupan lo propio, porque nos disminuyen, porque nos humillan, porque hay verdad, porque el otro es más grande, fuerte, bello, inteligente, necio. Se ofende el orgullo, se humillan la condición, el origen, la patria, el acento, el color. Ofensas que son prejuicios. Ofensas que son las tácticas cotidianas de los que nunca tendrán escrúpulos. En la ofensa se juegan los prestigios, las profesiones, el sustento y la imbecilidad. Ofensa y defensa de lo público y en lo privado; la honra se hace deshonra y el orgullo indignidad. En la ofensa somos todos los mismos. Somos la sociedad que supura la guerra enconada.

Ofenden la mirada y el cuerpo todo. Reflejos que hablan del que ofende; reacciones que hablan del ofendido. Egos ofendidos que justifican las excusas para las enmiendas. Inventamos nuevos significados para exorcizar la cólera o esa rabiecita que nos recorre como narcótico. Hiel que quema el presente. Una rabia que hace nido, pareja, familia, comuna. Indignación que ha sido humillación; retaliación que es maldad.

De la ofensa nadie sale bien librado y ofender nunca será la belleza. En un país de ofensores compulsivos, perdonar a los que nos ofenden puede ser el principio de la cordura.

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