Oh confusión, oh caos

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Lamento escribir agobiado por los sentimientos. De impotencia, de asombro, de duda, de desconcierto. Hablo teniendo en mente los sucesos de los últimos días, que me recuerdan similares acontecimientos de meses anteriores y especialmente de septiembre del año pasado. Destrucción, saqueo, daño de bienes, afectación de la población en general, heridos, muertos.

Cuando se ven esas hordas destruyendo toda clase de bienes, saqueando, atacando a la autoridad, y cuando no existe ninguna respuesta efectiva del Estado, que parece haber olvidado que uno de sus cometidos es garantizar la seguridad y la convivencia ciudadanas, surge un sentimiento de impotencia. Los ciudadanos nos sentimos indefensos, doblegados por los vándalos. Y no está en nuestra mano defendernos, porque ese no es el papel de los ciudadanos, como equivocadamente predican algunos.

Cuando se ve que a primera hora de la mañana miles de personas, señoras, madres con sus hijos pequeños, tienen que caminar para ir a laborar, a una cita médica, a atender sus asuntos, a procurar su sustento, o cuando al final de la tarde tienen que regresar a casa caminando, después de largas jornadas de trabajo, porque no hay transporte público, se tiene la sensación de que se ha perdido la noción del bienestar general y del bien común.

Ante esto, surgen multitud de preguntas. ¿Por qué los trabajadores, los oficinistas, los empleados, las señoras y los señores que hacen los más humildes oficios o que tienen que salir a atender asuntos de primera necesidad o a rebuscar su sustento tienen que sufrir los efectos funestos de las protestas? ¿Por qué tienen que sufrir la tiranía de quienes desean protestar? ¿Por qué se tiene que impedir la libre movilización? Y surge un sentimiento de desconcierto cuando se ve que un derecho arrasa con los demás derechos.

La literatura constitucional es clara al respecto: se deben ponderar y equilibrar unos y otros derechos. Al Gobierno le corresponde garantizar el derecho a la protesta, pero igualmente el derecho a la movilidad, al trabajo, a la subsistencia mínima vital de miles de personas que trabajan en las calles, el derecho al espacio público para todos, no solo para los marchantes. Y le corresponde impedir que las protestas lesionen esos derechos.

Ante esto se recuerda que existe una figura de honda raigambre jurídica, conocida como el abuso del derecho. Y esto lleva a poner en duda que el derecho constitucional admita un espacio donde un solo derecho esté por encima de todos los demás y pueda arrasar e impedir el goce y disfrute de otros derechos de igual o mayor importancia. El derecho está concebido para garantizar la convivencia y para permitir un equilibrio entre los distintos intereses de la sociedad. De lo contrario no es derecho, ni es un Estado de derecho.

Fernando Brito Ruiz. Pereira.

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