Por: Lorenzo Madrigal

Oh Jesús niño

Fiesta de niños, claro que es fiesta de niños (y de niñas) la Navidad. Porque se conmemora un nacimiento, porque alude a la persecución de los recién nacidos a ver si entre ellos caía el nuevo rey que los judíos esperaban. Porque la juguetería entra en feria anual. Porque todos volvemos a la infancia. Yo me veo con un tranvía de lata y madera abrazado al pecho, al igual que las niñas lo hacen con sus muñecas.

Para los adultos es casi un estorbo esta temporada, que interrumpe los más serios apremios de la vida, el duelo por nuestros muertos o la atención a los intereses de la patria, que creemos de la mayor entidad.

A quienes son o parecen ser de temperamento sombrío (como me lo achacó alguna vez mi atosigante pero cordial enemigo Hernando Santos, q. e. p. d.) la cara les duele para sonreír —a mí no— ante un tren que pita, pleno de chiquillos en total alborozo. Emiten, sí, pero es otro tema, un chillido peculiar los infantes, que es imposible saber cómo lo producen y que estremece cualquier tímpano. Los niños son alegría y frescura de los tejidos, ignorancia de conocimientos en la pubertad, vanidad de la juventud que se adueña de estos y del mundo, errores en la edad adulta y arrepentimiento tardío de los viejos (y viejas). Eso son, eso somos, los niños.

Tema infantil que asocio con mi filial Juan Pablo Calvás, columnista y hombre de radio. Él finge molestarse con los niños, pero bien sé que lo hace como una de sus bromas tremendistas, que en ocasiones hemos compartido con risas y que asustan a quienes toman el humor en serio. Nada más peligroso. Los niños somos nosotros mismos o lo hemos sido. El propio Juan lloró en mi casa, siendo niño, porque no quería dejar de serlo. Aún lo veo, los pies colgando de la silla, lagrimeante, sin soltar una pelota herida, que acababa de morderle el perro más grande de la quinta.

Sea lo que fuere y como veamos la vida en Navidad, entremos un poco en los gozos de la Novena y gocémoslos en familia, con amigos cercanos, de modo que cada núcleo, repetido en unidades de dicha por el mundo, con un solo motivo (y este religioso), configure la fiesta mundial de la Navidad. El nacimiento del Dios cristiano en la tierra, del Jesús niño, “o Jesu parvule”, en mis latines de seminario.

Es que si no quieres celebrar la Navidad te la celebran en el frente de tu casa o en la tuya propia, en los ecos del campo, en los medios electrónicos de un mundo satelital, por toda la ciudad. Navidad a regañadientes nos llega, con villancicos y natillas. Las ruindades del hombre se aplazan, para regresar en cascada en enero.

***

Doloroso 17 de diciembre del 86, cuando asesinaron a Cano. Una niña, en mi casa, ante las caras largas, con una pandereta en las manos, preguntaba: ¿qué pasó?

 

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