Por: Lorenzo Madrigal

Oh raíz sagrada de Jesé

Comienzo esta nota con la corrección muy precisa que debe hacerse en casi todas las novenas del Niño, de reciente publicación.

Pues como se ha aclarado muchas veces, se incurre en lo impropio de pensar que se ha escrito “Jesé” por error tipográfico, en vez de “José”, personaje muy obvio de la Navidad.

Es en los llamados gozos donde se menciona a Jesé y esto porque fue padre del rey David, y está asociado con las profecías de Isaías sobre el advenimiento de Jesús como el Mesías, salvador de su pueblo.

Tomar en las manos la novena del Niño hace pensar en el paso del tiempo, en cuántas veces lo hemos hecho, con ritualidad fascinante, con los ojos sobre el presebre, más que sobre el texto, que conocemos casi de memoria. Esto si se trata de la novena clásica, la del “Jesé”, la del “padre putativo”, la de “la venerable Margarita del Santísimo Sacramento”, de la cual se tiene poca noticia; la del gozo que habla de los brazos de María ,“do” su niño vean en tiempo cercano. Apócope de “donde”. Y así de otros vocablos, que nos hicieron familiar el rezo anual de Navidad.

No está hecha para analizarla como un relato histórico ni como disertación teológica, pero tiene el mismo sabor de la natilla y con ella dormitamos de niños o nos quedó resonando su fonología recurrente y rítmica. Por fortuna ha regresado, luego de varios años de olvido relativo, la práctica del pesebre de San Francisco y la consiguiente lectura de la novena, que bien podría llamarse novela, toda vez que las interpretaciones místicas, bastante imaginativas de su autor, llaman a asombro y a inverosimilitud.

Aún se produce una cierta emoción, eco de la remota expectativa infantil por los regalos, aquel comienzo de la consideración final: “La noche ha cerrado sobre las campiñas de Belén”. O sea, ya mismo llega el Niño, para luego cantar el villancico increíble de “ya nació el Niño, ya nació bien”. Como si pudiera haber nacido mal el redentor esperado, el Mesías; o haber sido defectuoso o tan feo como el Jesús británico, producto de una averiguación seudocientífica.

Yo dejé de hacer pesebre muchos años y volví hacerlo hace ya muchos otros. De la vieja estatuaria de Navidad, barcelonesa, de ojos de vidrio, sólo me queda la hermosa figura del niño, desde cuando la abuela dispuso de los demás elementos preciosos, donándolos a la iglesia de San Ignacio de Medellín.

A esta costumbre franciscana, ahora cuando un papa Francisco recompone el mundo, van asidos recuerdos y sentimientos, que son tal vez poca cosa ante los atafagos mayores de la vida. Pero algo de la infancia y del recuerdo de mis padres y hermanos tengo pegado en esos papeles encerados y en esas casitas que hay que recomponer a diario —sobre todo si hay gato— junto a una juguetería infinita y desproporcionada, plena de la ingenuidad del santo de Asís.

 

 

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