Por: Andrés Escobar

Ojo con la indisciplina

El gran interrogante en medio del ambiente de crisis que se vive en el mundo es qué tanto va a sufrir la economía colombiana con los vientos en contra.

Es cierto que hay varios puntos a nuestro favor, entre los cuales cabe destacar el descenso del desempleo, la mayor demanda de crédito por parte de los hogares y en general una percepción relativamente optimista sobre el futuro de acuerdo con las encuestas de Fedesarrollo. Otro indicador relevante es el recaudo tributario en cabeza de la DIAN, que de acuerdo con las últimas cifras supera ampliamente las metas que se fijaron para 2011.

Sin embargo, la crisis internacional debe preocuparnos a todos. Querámoslo o no, la lenta recuperación de las economías desarrolladas y el menor crecimiento de China van a restarnos capacidad para crecer. Los buenos resultados de muchos indicadores desmejorarán y lo más probable es que en 2012 crezcamos bastante menos que este año. De la mano de este cambio de tendencia irá, por supuesto, el recaudo de impuestos, que el próximo año dejará de tener los sobrecumplimientos que hoy estamos viendo.

Por esa razón, el Gobierno debe tener el mayor de los cuidados y no basarse en la buena marcha del recaudo hoy para montarse en un tren de gasto que después no se va a poder sostener. Comúnmente se cree que el Congreso es el que más gasto público pide, pero la realidad es que son los ministros de las carteras que ejecutan el gasto a los que hay que atajar en las épocas de vacas gordas. Las necesidades en vivienda, infraestructura, reparación a las víctimas, educación, etc., superan con creces los recursos que de manera razonable y sostenible puede comprometer el Gobierno sin incumplir la senda de ajuste que propone la Regla Fiscal.

Ojalá el presidente y sus ministros logren negociar un programa de gasto público que guarde el delicado equilibrio entre atender frentes claves y cuidar las finanzas públicas. No iniciemos programas con escalas demasiado ambiciosas que después sean políticamente imposibles de desmontar, cuando nos demos cuenta de que los vacas gordas no podían durar para siempre.

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