Por: Juan Carlos Botero

¡Ojo con la mediocridad!

HACE POCO, MIENTRAS ME CRUzaba correos con uno de los críticos literarios más serios de Colombia, recordé el sabio consejo que una vez Gertrude Stein le hizo a Ernest Hemingway mientras él aprendía a escribir en los cafés de París: sólo hay que leer lo que es francamente malo o lo que es claramente bueno.

La frase es más profunda de lo que parece. Toda lectura influye al escritor de una forma u otra, pero mientras que los libros sin pretensiones literarias divulgan su información sin perjuicio, y las grandes novelas de la historia enriquecen y aportan luces estéticas e intelectuales, lo peor para la salud literaria es un libro mediocre. Más aún: leer textos mediocres es el peligro más grande para un talento en ciernes, y puede significar la muerte de su carrera como artista.

La razón es clara: el contagio es inevitable, y cuando se está empezando este oficio los criterios de selección no están maduros, el olfato es incierto y las escogencias pueden resbalar, fácilmente, en los abismos de la pobredumbre. Muchos escritores han confesado que luego de leer a un autor en particular quedan atrapados en los hilos de su prosa, como presas en una telaraña, una voz maestra que los obliga a repetir sus giros, modismos, estilo y temática. En ese sentido, hay autores más peligrosos que otros. Después de leer a Borges, por ejemplo, es difícil evitar los rasgos más conocidos de su prosa. Lo mismo sucede con García Márquez. Y maestros como Kafka, Faulkner, Joyce o Proust han diezmado más talentos de lo que la gente se imagina, pues han reducido a sus discípulos a ser meros imitadores.

Lo cual, durante el período de formación literaria, no es malo. Las buenas y grandes influencias enseñan mucho, de la vida y del oficio, y ayudan a formar el estilo, descubrir los temas propios y conocer los trucos para lograr efectos deseados en la narración. Lo importante es que, en algún momento, el joven tenga la fuerza para cortar amarras con su maestro, no sucumbir en los remolinos de su voz original, y tejer los hilos de su prosa individual.

En cambio, así como los maestros enriquecen, los mediocres hacen lo contrario. Éstos también contagian al principiante, pero en vez de formarlo, iluminarlo y aportarle recursos y prodigios, le reducen el mundo y el espíritu. Por leer obras maestras no hay garantía de que el joven escriba obras maestras, pero es casi seguro de que, si aquél se alimenta de textos mediocres, terminará por escribir libros iguales. La mediocridad contamina el gusto literario, empobrece los criterios estéticos, celebra el facilismo, entrona el lugar común y envilece el arte. Toda obra se enfrenta a la tradición que la hizo posible. Es decir, a la historia. Y es difícil medirse a ese parámetro formado por textos mediocres.

Se ha dicho antes: no se puede perder el tiempo leyendo libros mediocres. Cada mala lectura representa un tiempo que habríamos podido emplear leyendo una página de la literatura universal. Y el tiempo de lectura, con el paso de los años, es cada vez más limitado y precioso. Entonces sólo queda una opción: leer un libro que sea, como decía la Stein, realmente bueno, para entonces limpiar la prosa, respirar aire puro y lavarnos en las aguas de su riqueza.

 

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