Por: Lorenzo Madrigal

Ojo, una vez más, a la historia

LOS PERFILES DE TIROFIJO LLEVAron a que nos contaran quién era y de qué murió el verdadero Manuel Marulanda Vélez, sindicalista de mediados del siglo, de quien aquel tomó el nombre de combate.

Una interesante crónica, en este mismo diario, estuvo a cargo de Fernando Araújo Vélez, colega a quien sigo con interés.

Todo muy bien. Todo, salvo los lugares comunes que la izquierda ha ido consagrando. Intelectuales muy jóvenes dejan establecidos conceptos inapelables y uno es el de “la violencia conservadora”. No existe para ellos otra violencia, no es de buen recibo mencionarla, ni otros jefes distintos a los trillados líderes de ese partido, a quienes achacársela.

Tampoco se hacen documentales exultantes sobre jefes conservadores, como se prodigan sobre ínclitos dirigentes opuestos y, para muestra, el que lleva, ahora mismo, más de diez presentaciones por la televisión. No fueron éstos sectarios ni se dice que alentaron la violencia campesina, de la cual no hemos salido. Ni que llegaron al extremo de negarles el saludo a los adversarios.

La historia es doble o es una, pero integrada. Los jefes de ambos partidos, de profundísima raigambre popular, discutían acaloradamente en las capitales y el pueblo raso tomaba atajos rurales de violencia. Muertos conservadores había en Icononzo, arrojados por el puente de piedra y muertos liberales en Villa Rica, para citar sólo el Tolima.

Pues bien. Detenido una tarde en oscuro pasillo de un edificio en San Victorino, Manuel Marulanda, el sindicalista del que tomó nombre Tirofijo,  muere torturado a finales de 1953. Se le detuvo, al tenor de la crónica, por esbirros que decían estar “a órdenes de Laureano Gómez”.

Todo encaja: conservatismo, victimario de derecha y víctima popular. Pero salta la inconsistencia: Laureano Gómez había dejado el poder por enfermedad en noviembre de 1951. Para esos finales del 53, en que se dice es torturado y muerto el sindicalista, imperaba ya (desde junio) la dictadura militar de Rojas Pinilla, apoyado entonces por la izquierda liberal.

Ocurre que a algunos hombres, la historia les prodiga vientos a favor y a otros tempestades en contra, hasta irse estos últimos a pique, de donde ya no los rescatan ni los buceadores del Titanic. Que por órdenes de Laureano hubiesen torturado con varillazos al sindicalista Marulanda, y le hubiesen roto “los dientes buenos que todavía tenía”, es absurdo siquiera imaginarlo, tratándose del único presidente que prefirió dejarse tumbar, antes que tolerar la tortura, como fue el caso de don Felipe Echavarría, a quien sorprendió el cuartelazo sentado sobre un bloque de hielo, en una unidad militar.

 

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