Por: María Antonieta Solórzano

Ojos que no ven…

Por extraño que parezca, hemos aceptado la ignorancia como fórmula para vivir tranquilos.

Aceptamos sin mayor reflexión dichos populares como “ojos que no ven, corazón que no siente”; “para lo que hay que ver, con un ojo basta”; o “mugre que no mata, engorda”. Hemos llegado a pensar que lo poco o lo que no vemos, no tiene consecuencias de que nos haga daño. Curiosa ingenuidad.

Así, si una persona no se entera de que su cónyuge le es infiel, se supone que el matrimonio no sufrirá ninguna alteración; si la gente desconoce la corrupción que ronda en el ámbito de lo político, la confianza en las instituciones no se verá afectada y menos la economía; o si no se sabe qué se hace con lo botaderos de basura, éstos nunca terminarán contaminándonos a todos.

Mas nos valdría que recordáramos otro decir popular según el cual, “entre el cielo y la tierra no hay nada escondido”. Sabiduría que está de acuerdo con la afirmación tanto de los expertos en comunicación como de los psicoterapeutas: “Toda la información vital que se esconde tiende a podrirse”. Y, como todos sabemos, lo podrido huele mal y termina por salir de manera más dañina y virulenta que al comienzo. ¿Qué explica la preferencia por el engaño?

La realidad es que los seres humanos sí estamos hechos de tal manera que podemos asumir el dolor. Sí podemos asumir responsablemente las consecuencias de nuestras acciones, entender a los otros, perdonar y trascender. Podemos crear sanación y reparación pero, sobre todo, somos capaces de reconocer un amigo donde antes había un enemigo.

Pero la cultura patriarcal, construida largamente en las relaciones de dominación y poder, no cree ni en la libertad ni en la solidaridad. Encadena el crecimiento emocional y espiritual para que sigamos viviendo en una espiral descendente, donde parece mejor sentir culpabilidad y no responsabilidad; o preferible el resentimiento en vez de la comprensión y la grandeza. Lo evidente es que la culpa y el resentimiento, aumentan las filas de esclavos emocionales y espirituales.

El cónyuge infiel, al sentirse culpable no será capaz de hablar sinceramente con su pareja. Entre la culpa y el secreto se construye una barrera que lentamente logra que la pareja se dé cuenta de que “todo ha cambiado”; la toxicidad del secreto termina por instalar el odio donde hubo amor. Hablar habría liberado la relación y habría sido posible corregir el rumbo.

El político que se inicia en la corrupción puede tener tanta vergüenza de sí mismo que se ve obligado compulsivamente al secreto, a tapar un hueco con otro hueco. Alguna vez alguien me dijo: “Me siento tan culpable de no haber ido a la cárcel que ya ni me siento digno de ser bueno”. Asumir su responsabilidad le habría permitido ser libre de nuevo.

Lo claro es que ojos que no ven, corazón que se esclaviza. Si queremos liberarnos de estos males que nos aquejan, más vale que veamos lo que hay que ver. Podemos evitar la  muerte que trae lo que está “podrido” si usamos la mirada libre de todos los implicados. No basta un ojo, se necesitan por lo menos cuatro para construir un jardín donde se ha creado un basurero.

 

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