Por: Cristo García Tapia

“Ojos viendo pasar el mundo”

Temeroso de quedarme ciego, abrumado por tanta luz hechiza y difusa oscureciendo el mundo, decidido a no dejarme tragar por las tinieblas, escribo con mis ojos para otros ojos, otras miradas, cuanto mis ojos  alcanzan a percibir del mundo, de su fervoroso tránsito por nosotros.

O, desde nosotros, por los otros. Y por los de más allá de este y otros mundos, universos paralelos o discontinuos, que ven los otros, y yo desde ellos con mis ojos transmutados en energía, en esferas concéntricas expandiéndose, ad infinitum, por obra y gracia del primero y más estrepitoso bramido que la materia haya prorrumpido jamás en su alucinante génesis:

Con la invisible claridad de su Energía / desvela la oscuridad. / Refulge en múltiples formas la Materia: / enciende el mundo. / Insufla vida al alma, / átomo que se revela ahíto de Platón / y deja de ser sombra. / Ahora es llama que arde. / Presencia viva en la pared de la caverna.

Desde otros ojos, por siempre o alguna vez míos, nunca prestados, sí poseídos, veo pasar por los de mi madre el sol de Nikitao, los huracanes de agosto, sucesivas lunas, redondas y rojizas, ardiendo en los techos de la infancia, oscuras lumbres de lámparas de keroseno alumbrando divinidades inútiles, príncipe abolido, señor de ojos azules, el poeta que comparte sus ojos para que otros miren cuanto deja trasuntar el mundo.

Y por los de mi padre, sucumbiendo en la incertidumbre del surco y la labranza, me veo pasar por mis sudores de jornalero precoz desde el alba hasta el ocaso; veo pasar a mi hermano Jorge Efraín, sin tiempo para el alfabeto, sumido entre alimañas y ponzoñas de reptiles invisibles, en la espesura del barbecho acuñando con su machete y sus brazos imberbes las pocas, escasas, monedas del jornal de todos los días que fueron su vida.

Tus ojos, Jorge Efraín, mirándome intactos con el azul de la infancia desde la rotunda indefensión de una tarde de octubre, pendiendo de la cuerda elegida otra tarde de indefinible aire, de anticipados cantos funerales.

Desde los ojos verdemares de mis hermanas, humeante veo pasar la candela de marzo que nos servía mamá en el alto mediodía de la escasez. A pan recién horneado sabía aquel fuego de dulce sabor, que saciaba nuestro amaestrado apetito y nutría hasta el goce nuestra alma.

Por los ojos de pájaros remotos veo pasar tupidos bosques, el invierno que provoca su éxodo de plumas y cantos hacia el sur; la nieve triste de Estambul, su melodía de poesía callejera y brevedad; los trenes de Bosconia sestear bajo su propia herrumbre en los cardonales del desierto; veo en el atardecer de Central Park una rama de pino ondear, sigilosos amantes que aguardan la luna en sus senderos.

Apagados ya, tristes, pasan los ojos de Anna diciendo adiós a los atardeceres que precedían sus pasos, al sabor de pomarrosa de sus pezones suavemente mordidos.

A la breve lujuria de sus formas en reposo, largas, adormecidas geografías de Modigliani, ardiendo gozosas en la agonía del éxtasis.

Y toda tú, tiempo en pasado aconteciendo, asomas por mis ojos y ocupas un lugar en el poema: tus senos son dístico, paralelas circulares, ineludible geometría, excitante rima entre mi boca, fruta en sazón al despuntar el alba, lluvia en estampida por la tarde y por la noche, almendra despojada de su cáscara.

Tras el rastro de Ulises, pasan los ojos en celos de Circe y de Penélope; sumidos en la incertidumbre de la virilidad de Menelao, posa Helena lascivos los suyos en París; y en el espejismo de un vuelo fugaz, ve Ícaro derretirse en el Mediterráneo sus ojos inaugurales.

Ven mis ojos pasar y sentir la levedad: olor de lluvia levantando vapores. / Rocío de la hierba en la aridez de marzo. / Alba en las pupilas.

Y en mi última noche, fin de todo cuanto empieza, ven pasar mis ojos como dunas tus senos en este múltiple, cuántico universo paralelo, para abrirlos, aeternum, en la invisible luz de la noche sin alba.

* Ojos viendo pasar el mundo. Poemas, Cristo García Tapia, Ed. Artes y Letras, agosto de 2017.

** Poeta.

@CristoGarciaTap

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