Por: Alberto López de Mesa

Ollas del narcomenudeo (parte final)

Buscar al hijo de Nancy en las ollas del barrio Santa Fe era arriesgado, pero ella iba tan ilusionada, tan decidida, que no fui capaz de disuadirla. En esta etapa del periplo fue ella quién habló, yo escuchaba. Me conto, con ideas atropelladas, lo que ha vivido y sentido durante los dos años que lleva su hijo Jairo consumiendo bazuco. Piensa que la ausencia del padre puede ser causa del extravío del muchacho; también se culpa por permisiva y por no haberle ofrecido actividades agradables para su tiempo libre; maldice la hora en que lo dejó jugar fútbol con los viciosos del barrio. Sufrió a solas su drama, evitando que parientes y vecinos recriminaran el modo de su maternidad o que discriminaran a Jairito; peor la sensación de impotencia, ya que ni en la EPS, ni en ninguna parte la orientaron, la drogadicción es como un pecado, o un karma, es vergonzante ser madre de un vicioso. Mi hijo es noble e inteligente, mire que el año pasado, todas las tardes fumaba esa porquería y, sin embargo, terminó el noveno grado con buenas calificaciones. En las vacaciones se deschavetó; empezó el grado décimo con problemas, faltó a clases dos semanas, ahora, con tres meses de ausencia, perdió el cupo.

>>> LEA: Ollas del narcomenudeo (segunda parte)
>>> LEA: Ollas del narcomenude (primra parte)

Cuando llegamos a la avenida calle 19, Nancy dejó de hablar. En el separador había recicladores seleccionando el material que vendrían en las bodegas de por ahí y también fumándose sus cosos con otros ñeros que departían al pie de los árboles. Por ese lado están los negocios de refrigeradores y los talleres de metal-mecánica que a esa hora, últimos rayos del ocaso, cierran y la dan paso a la vida festiva y licenciosa del barrio. Ya había trans y putitas exponiendo sus voluptuosidades. Es un secreto a voces que en el Santa Fe un solo cartel domina el narcomenudeo, por eso, luego del operativo del Bronx, al barrio llegaron clientes desalojados, pero no los ganchos, nunca han permitido que entre la competencia. Expenden en cuatro ollas, la tradicional “Panadería” en la Favorita, que hace rato pasó a sus manos y en su propia zona atienden: “Fortaleza”, “Campos” y “Carrilera”, se rumora que también tienen ollas exclusivas en el sector de los bares. La evidencia de que venden muchísimo son los papelitos blancos, rosados, azules y amarillos tirados en los andenes, cientos de papeletas, envolturas de bazuco veíamos al paso.

Súbito apareció y me saludó Manotas, nos conocimos en el “Oasis”, nos hicimos buenos amigos y ahora estaba ahí como un envío providencial. Le enseñamos la fotografía de Jairo y su reacción fue una bendición, sin dudarlo dijo: "Ah, el Flaco, ese pelao lo encuentran, fijo, en Campos, lo he visto campaneando, haciendo puerta, sacando la basura, como sea ya es de los de la casa"…

A Nancy el corazón se le quería salir del pecho, abordó a Manotas con preguntas de mamá: ¿Como está? ¿Muy flaco? ¿Lo han herido? Quería que fuéramos a buscarlo de una vez. Manotas y yo le explicamos que por su atuendo, por su aspecto y por ser desconocida para los del ruedo, era muy peligroso su ingreso a la olla, entraríamos solos Manotas y yo. A regañadientes, aceptó esperarnos en una cafetería.

La olla Campos es casi una tradición, ubicada en la acera norte de la calle veinte, existe desde 1985 con el nombre del que la fundó para el jibareo. En su fachada todavía se conserva el balcón con ventanas de madera, vestigios de la arquitectura señorial que se dio en el esplendor del barrio, cuando el alcalde Fernando Mazuera construyó los puentes de la veintiséis en 1959. Hasta hace poco los consumidores la apreciaban porque sus salones, aunque ruinosos, brindaban un relativo confort. Ahora es una pocilga antrosa, la ventana y la puerta de acceso fueron lapidadas por la policía, durante el sellamiento que practicaron en varias ollas del país la semana en que el presidente Duque decretó la prohibición de la dosis de aprovisionamiento. Ahora se entra por el boquete en la pared que abrieron los policías con un ariete. Un portero o campanero avisa las rondas de los tombos y autoriza los ingresos y salidas según como esté la situación.

Me dieron entrada porque Manotas es cliente. Adentro, todo es a oscuras, se veía gente borrosa, alumbrados con luz de vela, sentados en el suelo metiendo su vicio en pipas, los que tienen más plata se hacen acompañar de muchachas que les consiguen los cigarrillos o lo que necesiten a cambio de que las traben y les regalen la liga.

Para comprar había cola como de treinta personas porque se agotó la mercancía. En algún lugar del barrio hay gente armando los baretos de marihuana, empacando las papeletas de bazuco, las bolsitas con perico y cripi, que son llevadas hasta la olla, preferiblemente, por mujeres allegadas a la empresa y que saben pasar desapercibidas. Cuando llegaron las trabas se vivió en la casa una inquietud general, los de seguridad tuvieron que poner orden; ahí fue cuando ví a Jairo. Ayudaba a que la gente conservará la fila y que atendieran primero a los de la casa que se ganan la liga por comprar los encargos.

Me salí de la fila, me acerqué y le dije en voz baja que su mamá estaba afuera esperándolo. Se puso muy nervioso. Manotas, entre tanto, compraba lo suyo en la taquilla que es un agujero por el que se mete la mano con la plata, con eso el comprador nunca le ve la cara al jibaro.

Íbamos a salir los tres pero un tipo alto y calvo agarró a Jairo por el cuello.

-Usted se queda, flaco- dijo y lo arrastró por la fuerza. Quise interceder pero Manotas me tomó del brazo y me sacó de la olla.

-La embarró, hermano- me acusó Manotas-. Usted hizo visajes raros y la gente se mareo, deben estar creyendo que es un raya y el pagano va a ser el Flaco.

Ahora el nervioso era yo. Como explicarle a Nancy lo sucedido. Ella ya estaba ahí frente a la casa esperándonos. Ciertamente nuestra presencia ahí era rara, Manotas lo entendió mejor que yo y se fue sin despedirse.

Al poco rato vimos que botaron a Jairo por el boquete de acceso, cayó en el suelo como un bojote. Nancy y yo corrimos a socorrerlo. Tenía moretones en los brazos, sangraba por la nariz y lloraba adolorido por la paliza y también con rabia.

Tomamos un taxi y lo llevamos a urgencias del Hospital San José.

Jairo está viviendo otra vez con la mamá. Sé que trabaja en una panadería porque la mamá le exigió que se pagará él mismo su vicio. Ella ya tolera su situación, con la condición que no consuma en los parques del barrio ni se lleve las cosas de la casa.

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