Por: Doña Gula

Olores de establo en la cocina

Impermeable como soy a las ciencias de la psiquis, permítaseme especular en aquello que de manera sofisticada llaman “memoria gustativa” y que en el fondo no se trata sino de la añoranza de los sabores de infancia.

 Aunque parezca mentira, no fui niña de tetero en boca a toda hora, pues tuve la gran fortuna de visitar a Doña Vaca en una edad en la cual yo apenas comenzaba a dominar el arte de caminar. Me contaron mis mayores que me aparecí en el establo a una hora cuando aún no clareaba el sol, sobrepasando obstáculos de talanqueras, broches y portillos y sin temores a terneros, ni escrúpulos al estiércol, el cual abundaba por doquier. Aseguran los testigos de mi primera proeza glotona que, sin temor alguno, me arrimé tambaleando a las patas del descomunal animal y sin terciar palabra ni pedir permiso halé la ubre cual ordeñador habitual. El premio a mi osadía fue un vaso de postrera, mi primer vaso de postrera, claro está, convirtiéndome desde entonces en adicta a tan noble y natural manjar, el cual por su esencia rural constituye hoy en día para mí un disfrute completamente excepcional.

Hace algunos años fui invitada a una preciosa finca, llamada La Inés, la cual, desde el instante mismo en que pisé el umbral de su amable cocina, me hizo recordar aquellas que de niña conocí en compañía de mis tíos y mi abuelo, a quienes hoy agradezco el que se hayan encartado conmigo, pues gracias a ellos hoy me ufano de conocer y recordar aquellas haciendas —cafeteras unas, ganaderas otras— establecidas en el suroeste y el bajo Cauca antioqueño.

Sobra decir que en todas ellas mis lugares preferidos eran los fogones y las mesas de trabajo de donde salían bandejas y palanganas con todo tipo de vituallas de cocina criolla. Pues bien, en La Inés se me disparó el olfatímetro durante el ajetreo propio del servicio del primer desayuno, el cual alborotó los aromas de la cafetera, aquellos de la olla de aguapanela, los propios de la paila de huevos revueltos con junca frita y, más aún, aquellos del caldero de la morcilla y los chorizos... todos superados por la primera fumarola de arepas seudoquemadas, exigidas así por comensales remilgados. Sin embargo, gracias a mi remota y vigente costumbre de levantarme con horario de ordeñadora, en aquella finca volví a sentir aquellos aromas que desde parvulita no sentía; eran los aromas de una cocina abierta en la alborada, aún sin fogón prendido y sin aromas de café, pero donde ya hacían presencia la postrera, el quesito y la cuajada. Lloré de emoción... me sentí privilegiada y durante tres mañanas seguidas me atraganté de postrera y de cuajada.

 

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