Olvidamos los “buenos problemas”

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En la tarde del 28 de agosto de 1963, con el monumento a Lincoln como testigo, el compositor y luego premio Nobel de literatura Bob Dylan interpretaba “Only a Pawn in Their Game”, composición escrita para recordar a una activista muerta en abril del mismo año. Además del músico, había cerca de 300.000 personas, en su mayoría afroamericanos, quienes se propusieron llegar hasta la capital de los Estados Unidos con el único propósito de expresar a todo pulmón que “tenían un sueño”. Ese lamento fue organizado por unos activos hombres del común. Representaban la igualdad racial, la comunidad cristiana, las ligas urbanas, los chóferes negros, el movimiento obrero y uno de ellos era un joven de 23 años de nombre John Lewis, quien encabezaba las organizaciones estudiantiles no violentas. Fueron conocidos como los seis grandes.

El más popular fue Martin Luther King y el de menor edad en esta apoteósica tarde fue Lewis, quien murió de cáncer a sus 80 años el viernes pasado. La vida para ambos estuvo enmarcada por la segregación, discriminación, pobreza, desigualdad y humillaciones. Ambos decidieron ejercer la lucha por las reivindicaciones de los excluidos con la otra cara de la moneda: la concordia. Pero esta idea de evitar la confrontación en el caso de Lewis no fue producto de suerte. En medio de tanta pugnacidad social y política, los familiares del adolescente le prohibieron meterse en esos problemas de la época. En 1955, a sus 15 años, luego de oír en su casa por la radio que una tal Rosa Parks no quiso ceder su asiento en un autobús en Montgomery, Alabama, y que por no hacerlo fue enviada a la cárcel, el adolescente Lewis se volvió a sus familiares y les notificó: “Hasta hoy acepté no meterme en problemas, porque de ahora en adelante me voy a involucrar en estos que son los buenos problemas”.

Desde ese día lo único que lo detuvo fueron los más de 45 “carcelazos” que se ganó por sentarse en restaurantes donde por ser negro le era prohibido ingresar, subirse a los buses y negarse a condescender con las exigencias de los enfurecidos radicales blancos de la época o entrar a los cines donde su presencia era una molestia inmensa. Estas “pequeñas acciones” lo llevaron a liderar la marcha conocida como el domingo sangriento que tenía como propósito caminar en paz desde Selma hasta la capital de Alabama con la única intención de exigir el registro para que los negros pudieran votar. Con una gabardina y con la única protección de un morral que contenía una manzana, una naranja y dos libros fue derribado, otra vez, por los bolillos de la policía local y de la guardia estatal.

El 20 de enero de 2009, 45 años después de muchas heridas en su cuerpo, en su alma y en su mente, John Lewis, en ese momento representante a la Cámara de los Estados Unidos, recibió en su espalda el abrazo del primer presidente afro de su país, Barack Obama, quien ubicó al único vivo de los activistas para que fuera el último que lo saludara como ciudadano y el primero como jefe de Estado. La frase era simple: sin tus buenos problemas yo no estaría aquí esta tarde.

En el caso de nuestro país hemos convertido la dinámica política entre los malos y los peores problemas. En momentos donde el valor superior es sobrevivir, hemos preferido el pésimo camino de buscar culpables a soluciones que todos desconocemos y convertirnos en epidemiólogos diarios, cuando en realidad llevamos el virus de destruirnos unos contra los otros. Somos una especie de problema que, por conveniencia, no quiere encontrar su propia vacuna.

En cambio, para el menor de los íconos de los derechos civiles, la lucha continuó. El 2º de enero de 2017, 54 años después de sus inicios como activista de los sin violencia, calificó a Donald Trump como ilegítimo y organizó un boicot para no asistir a su posesión. Él siempre supo escoger los buenos problemas.

@pedroviverost

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