Por: Eduardo Barajas Sandoval

Once millones de detenidos

Los países europeos no están preocupados por Grecia sino por lo que a ellos les pueda pasar, porque prácticamente todos han caído en el mismo pecado.

Unos cuantos inversionistas tomaron el mayor riesgo al invertir en la deuda griega. Unos cuantos funcionarios manejaron mal la hacienda pública y ocultaron información sobre el verdadero estado de las cosas. Algunos representantes de la clase política se excedieron en dádivas de todo tipo a costa del erario público, a nombre del Estado de Bienestar. Al borde del abismo, y ante la amenaza de llevarse al resto de Europa, los hermanos de la Unión y los altos poderes económicos quieren que los contribuyentes griegos paguen los platos rotos, como si todos hubieran estado en la misma mesa de borrachos de una taberna.


El momento que vive Grecia hace recordar la historia de Ioannis V Paleologos, emperador griego, cuyo mandato marcó el inicio del último siglo del Imperio Bizantino.  En octubre de 1367 se fue a Roma a pedirle al Papa Urbano V que le apoyara, porque Murat I, había tomado ya Adrianópolis, le habían cambiado de nombre por el de Edirne y habían establecido allí su capital, aislando a Bizancio físicamente de occidente y quedando a tiro de tomarse el premio mayor: la eterna Constantinopla.  La negociación con el Papa no fue difícil, porque el Emperador Bizantino ofreció nada menos que la unión de las iglesias, de manera que la Ortodoxa quedaría en adelante bajo el mando de la Romana. Con lo cual surgía para el papado la obligación de defender a su nuevo súbdito y armar ejércitos católicos para ir a  trancar el avance de los otomanos.


Hasta ahí todo muy bien. Solo que, de regreso a su tierra, Paleologos tuvo la ocurrencia de pasar por Venecia, donde en poco tiempo cambió su condición de visitante por la de detenido, cuando se hizo evidente que no había pagado, ni podía pagar, la enorme deuda contraída por el Imperio Bizantino con los banqueros venecianos. También entonces, como ahora, apareció como solución una fórmula única, a la que el Emperador no pudo escapar: gentilmente le fue ofrecido un nuevo préstamo. Pero eso sí, tuvo que permanecer con su barco amarrado en el puerto de Venecia por muchos meses, hasta que su hijo Manuel vino a quedarse en su reemplazo como rehén, condición de la que salió solamente cuando el primer gran pago de la deuda se hizo efectivo. Seguramente con la nueva plata de los venecianos, que a su vez Bizancio tendría que extraer de sus súbditos, que parecen ser los que terminan, desde entonces, pagando ese tipo de deudas, porque en el fondo las cosas no han cambiado tanto, después de tantas revoluciones.


Aunque los detalles pueden cambiar, y no en todos los casos se han conjugado tal cantidad de factores trágicos, Grecia no es el único país que financió su crecimiento en los últimos años descaradamente al debe. Sólo que en Grecia todo tiende a ser dramático y casi no hay términos medios. Pero la lista de los implicados en ese género de vida es amplia e incluye los nombres más insospechados. Y es esto último lo que tiene en ascuas no sólo a unos cuantos ministros de una Unión en la que no están tan unidos como se esperaba, porque a la hora de la verdad, a veces para bien y a veces para menos bien, siguen existiendo fronteras nacionales pero también unos vasos comunicantes que pueden manchar el agua de todos los tubos.


Giorgos Papandreou no es exactamente el Paleologos de nuestra época, porque lo que pasa en su casa de gobierno se sabe al momento en toda Grecia y en las capitales, lo mismo que en las calles, de toda la Unión Europea. Aunque hasta hace unos días millones de griegos no tenían ni idea del estado de cosas de su economía en términos oficiales, como seguramente les pasaba a sus antecesores los súbditos del Imperio Bizantino, la cosa ahora es diferente gracias a los medios de comunicación y además al surgimiento de ese movimiento internacional de los indignados, que en el pueblo griego tiene toda la opción de prosperar. Porque no otra cosa que indignación puede producir el hecho de resultar convertido en deudor moroso, con el futuro hipotecado, por cuenta de otros. Encima de todo con la obligación de practicar todas las leyes de la resistencia a la crítica que tan fácilmente suelen hacer los ciudadanos de otros países, que no tienen de pronto ni idea de lo que les amenaza, ni de cuál es la verdadera situación en su propia casa.


Once millones de griegos tendrán que pasar los próximos años de sus vidas, de pronto para muchos de ellos las últimas décadas, y para otros en todo caso momentos cruciales de su existencia, dedicados a extraer de su riqueza individual y colectiva la plata para pagar las cuotas de los préstamos que negocie su clase política. Sin que nadie garantice que los esfuerzos sean suficientes. También tendrán que limitarse en las comodidades de su vida cotidiana, como no estaban acostumbrados a hacerlo. Están como detenidos. Ellos son esta vez los rehenes. Y no lo son solamente por el hecho de que la deuda, con los nuevos préstamos, ofrecidos gentilmente como hace casi ochocientos años, sacuda fuertemente a los pobres, mientras a otros los empobrece. Lo son porque muchos perderán su empleo, cuando no ciertos privilegios concedidos por la clase política en ejercicios populistas por los que nadie va a juzgar a nadie, desafortunadamente. Desgracias todas estas que los demás europeos no quisieran que les pasen a ellos mismos.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Eduardo Barajas Sandoval

Estrella de fulgores alarmantes

Incertidumbres de gobiernos nuevos

Entre el populismo y la tecnocracia

Ciudades sin pasado

El general educador