Por: Juan Gabriel Vásquez

Onetti en su pozo

PARA MÍ SIEMPRE SERÁ UN MISTErio que este relato más o menos largo, que en mi edición tiene apenas treinta páginas, sea considerado por los comentaristas la primera novela de Onetti.

El pozo no llega ni siquiera a nouvelle, ese género que los latinoamericanos han frecuentado con tan buena suerte, y sin embargo ahí está: para Vargas Llosa es “la primera novela” de Onetti, para Juan Villoro es una “novela breve”. Y bueno, una cosa es cierta: estas treinta páginas tienen densidad de novela, se sienten como novela. Los lectores de El corazón de las tinieblas, las noventa páginas de Conrad que cambiaron la literatura moderna, están de acuerdo en que el libro parece mucho más largo en el recuerdo; y algo parecido pasa con El pozo, que acabo de leer y que ya me comienza a estallar en la cabeza, porque en esas treinta páginas de su primer libro Onetti ha dicho cosas que a otros novelistas les toma treinta libros empezar a vislumbrar.

El pozo es casi un programa de vida: ahí ya están varios de los rasgos y las actitudes que formaron las novelas posteriores de Onetti, esa especie de fascinación pesimista con el mundo, esa recurrente voluntad de largarse del mundo real y buscar refugio en el imaginario. Eladio Linacero, el narrador, está a punto de cumplir cuarenta años, la edad, nos dice, en que todo el mundo debería escribir su autobiografía. Y eso es lo que hace, salvo que no escribe su biografía completa sino, por decirlo así, la biografía de un instante definitivo de su vida. Linacero era un adolescente cuando intentó violar a una muchachita de dieciocho años; no llegó a hacerlo, pero días después la muchacha se suicidó, y Linacero no puede evitar ver entre ambos hechos una relación de causalidad incómoda. Y ahora va moviéndose por ahí, en el espacio un poco ambiguo de Onetti, imaginando historias (“aventuras”, las llama) para escapar del mundo real y contándolas sin recibir nunca las reacciones que espera. Y eso es todo.

Pero eso, por supuesto, no es todo. Pues aunque Linacero no pueda saberlo, su autobiografía incompleta y un poco absurda acaba de abrir para la literatura latinoamericana caminos que llevarán, con los años, a las grandes novelas del boom. En eso, por lo menos, Onetti es un pionero al que debemos todo. El pozo ya es una novela moderna, y leerla junto con La náusea de Sartre es maravillarse de las corrientes ocultas que pueden unir a dos escritores que jamás se han leído, un poco igual que nos maravilla ver los parecidos inexplicables entre los mitos primitivos de pueblos que no hubieran podido conocerse. Y esas corrientes ocultas son doblemente sorprendentes cuando uno se da cuenta de lo que se estaba escribiendo en Latinoamérica en 1939, esas novelas “de la tierra” con que tantos escritores comprometidos habían mantenido la literatura latinoamericana atada con grilletes al siglo XIX.

“Que cada uno busque en sí mismo, que es el único lugar donde puede encontrarse la verdad”, escribe Onetti en un artículo de ese mismo año de 1939. “La literatura es un oficio: es necesario aprenderlo, pero, más aún, es necesario crearlo”. Onetti tenía treinta años, diez menos que su narrador, pero en El pozo ya sabía eso que dijo en otra parte y que explotaría en el resto de sus extraordinarias ficciones: “La literatura es una larga confesión”.

 

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