Por: Andrés Hoyos

Las opciones de Clara

Unos días antes de la primera vuelta, a Clara López le propusieron el célebre cuestionario de Bernard Pivot, y a la pregunta: “¿La palabra que menos le gusta?”, respondió: “Dogmatismo”. Vaya uno a saber si la candidata en ese momento ya presagiaba la situación que enfrentaría en la segunda vuelta, cuando la polarización inevitable que ocasionó la fortaleza de la extrema derecha uribista puso a tres cuartas partes del espectro político en alerta. No sólo amenazaban con volver los tiempos oscuros del irrespeto a las cortes, de las chuzadas y de los visitantes siniestros a la Casa de Nariño, sino que el candidato Zuluaga pedía un mandato para descarrilar el proceso de paz que tan avanzado está, pese a que su firma todavía no es segura. Hubo un forcejeo en la dirección del Polo, después del cual los militantes quedaron en libertad de votar en conciencia, es decir, que se aplazó el debate. Enseguida, la excandidata decidió votar por Santos y, no contenta con ello, promovió su opción con el lema de que por la paz no podía votar callada. Jorge Enrique Robledo no aguantó más y se le vino lanza en ristre.

Uno sospecha que la pugna seguirá hasta el final. Clara se apoya en los casi dos millones de votos que obtuvo, dos tercios de los cuales fueron por ella, no por el partido. A su vez, el senador Robledo cuenta con doscientos mil seguidores propios, de los 541.000 que obtuvo la lista del Polo para el Senado. Robledo siempre quiso estar solo para defender sus ideas sin hacer concesiones y querrá sin duda quedarse con el valioso logo. De no lograrlo, el Moir —o más exactamente la fracción del movimiento de Francisco Mosquera que todavía sigue a Robledo— retomará el camino por su cuenta. Todo eso se veía venir: los dogmáticos tarde o temprano se alejan de quienes piensan distinto o no tienen ideas fijas.

Parecerá paradójico, pero al atacar a Clara López, Robledo la libera y casi que la fuerza a replantear su vida política. Una manera de ver el asunto es decir que Clara López ha demostrado ser una conductora de orquesta competente y aplicada. Los instrumentistas le obedecen sin que ella tenga que imponer una disciplina férrea y siguen con cierto gusto las instrucciones de su batuta. El problema está en la música que la orquesta interpreta, compuesta antes de la caída del Muro de Berlín y hoy muy anticuada. Pactada la paz, lo sería aún más.

Para fortuna de Clara y de la gente de su cuadrante político, acaba de aparecer en el panorama mundial un compositor muy novedoso y lúcido, compatriota de Claude Debussy. Se llama Thomas Piketty y pronto saldrá en español su monumental El capital en el siglo XXI, que tiene medio empanicados a los economistas neoclásicos del mundo. Este libro demuestra, por ejemplo, que la tendencia hacia el equilibrio en la distribución de la riqueza nunca existió, entre muchísimas cosas más. Las soluciones que propone son asimismo heterodoxas y se refieren sobre todo al tema fiscal.

Piketty no ofrece una partitura lista para tocar en Colombia, sino una serie de criterios que se deben de tener en cuenta para atacar la desigualdad sin necesidad de acabar con la economía de mercado. Veremos si la izquierda colombiana, en particular Clara López, saca provecho de esta novedosa alternativa a los eternos refritos de marxismo, que nunca dejaron de llevar a un callejón sin salida, o si insiste interpretar la música del pasado.

 

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