Por: Manuel Drezner

Ópera de verdad colombiana

Fue muy agradable asistir a la representación de “El barbero de Sevilla”, una adaptación de la ópera de Rossini, dirigida por Roberto Salazar y Carlos Zapata en lo escénico y por Luis Fernando Pérez en lo musical y con un elenco de cantantes todos colombianos y todos de bastante categoría.

Antes de hacer referencia a la representación hay que hacer énfasis en esto de que todo el personal (y cuando se dice todo se quiere decir todo sin excepciones) fue colombiano. Aquí hubo una demostración fehaciente de que esa locura de gastar un presupuesto exagerado en montar dos óperas anuales en las que la mayor parte del personal es importado, es decir que viene, cobra y se va, sin dejar nada detrás aparte de unas cuantas representaciones que no se han distinguido precisamente por su alta categoría, esa locura, repito no tiene razón de ser. Lo que mostraron los artistas colombianos de “El barbero de Sevilla” fue una capacidad de gran mérito y sobre todo, que se puede hacer ópera en Colombia sin necesidad de importar hasta al último partiquino con ocasionales artistas colombianos como para disimular. Lo irónico es que los motores de esta iniciativa, Salazar y Zapata , fueron despedidos hace unos años con cajas destempladas dentro de esos caprichos que tanto se presentan en la mal llamada Opera de Colombia.

En cuanto a la representación se oyeron una excelentes voces, con un Basilio de primera, Fernando Tangarife: un Fígaro gracioso, Sidney Jiménez  y Ximena Bernal y Sergio Enciso, acertados en sus papeles de Rosina y el Conde. Como se dijo, sus actuaciones fueron agradables y uno solo lamenta que los hayan desfigurado con maquillajes y vestuarios grotescos que ojala los directores reconsideren para el futuro. La ópera fue una adaptación al español, bastante bien hecha, con un personaje que representaba a Beaumarchais para hacer el puente entre las diferentes escenas y una orquestación reducida pero efectiva. Faltó y es lástima, más de la mitad de los finales pero de resto se oyó mucho de lo que Rossini escribió. Lo cierto es que esta representación ya puede dejar de catalogarse dentro de esa curiosa categoría de los esfuerzos admirables pero sin mayor trascendencia para decir que se trató de un logro auténtico, en que tanto musical como escénicamente los artistas cumplieron y el público salió evidentemente satisfecho.

Mucho me temí por la literatura con que se presentaba la ópera en el programa, en que se hablaba de cosas como la formación del capitalismo y le metían al “Barbero” cantidad de densos significados sociológicos y económicos, que la representación se convirtiera en un ladrillo interminable. Afortunadamente todas esas interpretaciones se quedaron en el programa y lo que se vio fue de gran frescura.

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