Por: Fernando Toledo

Ópera tal cual

En una reunión sobre cultura afirmé que la ópera, cuando se reduce apenas al sonido, termina convirtiéndose en un producto para conocedores. Aunque pocos estuvieron de acuerdo, mal que les pese a los contradictores, eso es un hecho: la difusión de la especie no se puede limitar apenas a lo musical puesto que se trata de un arte donde lo escénico tiene, cuando menos, tanta importancia como la música. Para el efecto caben infinidad de ejemplos, entre ellos están, por supuesto, las obras de los cumpleañeros de este 2013, Wagner y Verdi.

 El primero no sólo concibió una revolución musical sino, sobre todo, una dramática, y el segundo se apoyó en algunos de los más notables poetas y dramaturgos de su tiempo, y aún anteriores, como Shakespeare, para conseguir el énfasis teatral que deseaba en sus títulos.

Todo lo anterior sea un prefacio para darle la bienvenida a la nueva temporada de óperas que, desde el Metropolitan de Nueva York, le llegan al público, en tiempo real y en su auténtica dimensión, gracias a Cine Colombia. En términos de difusión de la lírica, y de su enorme oferta como género, ninguna institución en la historia del país había llevado a cabo una tarea más ilustrativa. Merced a lo que sin duda es un esfuerzo, que más tiene que ver con la imagen de la empresa local que con las utilidades, para muchos ha sido posible descubrir títulos con los que jamás hubieran soñado, como Boris Godunov, la tetralogía de Wagner y Nixon en China, entre otros muchos que, más allá de los manidos hasta el cansancio, hacen parte de la esencia de un universo cuya variedad apenas si empieza a vislumbrarse en estos contornos.

Este año, tras la bella producción de la inimaginable por aquí Eugenio Oneguin, de Tchaikovsky, que fue una deliciosa experiencia, sobre todo por el elenco femenino, se anuncian para los próximos meses, además de la repetición de la anterior, suculencias: La nariz, de Shostakovitch, una sátira a partir de la historia homónima de Gogol; El príncipe Igor, de Borodin, y Rusalka, de Dvorak, esta última cercana a La sirenita de Andersen, con las que jamás se hubiera soñado en lo local; las más accesibles, Werther, de Massenet; La Cenicienta, de Rossini; Tosca y La bohemia, de Puccini; Falstaff, de Verdi, y Così fan tutte, de Mozart, pero con la garantía de repartos del más alto nivel y de unos directores escénicos que, con seguridad, hacen la diferencia a la hora de forjar una afición al género. En otras palabras, una oportunidad de adentrarse en el mundo de la ópera tal y como es, al menos desde la visión del teatro más serio del mundo. ¡Vale la pena aprovecharla!

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