Por: Oscar Guardiola-Rivera

Opinan pero no piensan

Opinan pero no piensan. Opinan que en la España posfranquista de Felipe González el resultado fue prosperidad. Ni era tan pos ni tan próspera. Reafirmó el militarismo al entrar a la OTAN y el mal llamado “neoliberalismo”, cuya estirpe histórica ni es liberal ni nueva sino franquista.

Antikeynesianos como Joan Sardá y Lucas Beltrán venían elaborando versiones propias de ese pensamiento desde los 40. Su inspiración era el dogma económico de la vieja escuela de Salamanca, que habían defendido en los 30 teólogos como José A. de Castro y el carlista Juan Vásquez de Mella.
 
Según Vázquez, judíos comunistas y liberales, hordas musulmanas y del África negra, y otros “indeseables”, se unieron para destruir la cristiandad y oprimir las libertades. Esa mezcla de racismo, clasismo y dogmatismo económico antidemócrata fue introducida en las escuelas de derecho y economía de América Latina por teólogos como Osvaldo Lira, mentor de Jaime Guzmán en Chile.
 
Tras asesorar al dictador Augusto Pinochet, Guzmán redactó la Constitución chilena. Su círculo incluyó al economista Sergio de Castro, del mismo dogma, el más prominente de los “Chicago Boys”.
 
El historiador de la Guerra Civil española Paul Preston incluye a Vázquez y otros entre los llamados “teóricos del exterminio”. A ellos, a Sardá, Beltrán, Lira y sus discípulos latinoamericanos, debemos el mal llamado neoliberalismo.
 
Ese es el neoliberalismo que ha persistido durante la transición española, presidida por el PSOE y los populares. La “reconversión industrial”, por ejemplo, difiere poco de la iniciada por la admiradora de Pinochet y los Chicago Boys Margaret Thatcher y continuada por Blair en Gran Bretaña, impuesta a Europa.
 
 El resultado ha sido la desindustrialización, el abandono de los intereses de la clase obrera, la financiación de la economía, la precarización de los sectores medios, el desmantelamiento del Estado de bienestar y la crisis de España, Grecia y Europa entera.
 
Por eso se levantaron los indignados. No basta opinar en abstracto sobre su supuesto “odio de clases”, el apego al dogma comunista o la inspiración chavista. Más bien deberíamos pensar si entre nosotros no hay también teóricos del exterminio incapaces de abandonar el dogma falangista.
 
¿Odio de clases? Quienes sobre esto opinan harían bien en releer, si alguna vez han leído, a quien analizó por primera vez ese fenómeno propio de nuestras sociedades. No fue Marx ni los chavistas. Fue Adam Smith.

 

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