Por: Armando Montenegro

1989-2016

Los historiadores dirán en el futuro que en 2016 terminó un período de rápido avance de la globalización que comenzó en 1989.

Con los triunfos de Trump y el Brexit se cierra un ciclo que arrancó con la caída del Muro de Berlín, cuyas características centrales fueron la promoción del comercio internacional y los flujos de capitales; la movilidad de personas; la expansión de la democracia y los derechos humanos; y la negociación de acuerdos contra el cambio climático. A pesar de sus diferencias, los gobiernos de los presidentes Bush, padre e hijo, Bill Clinton y Barack Obama se comprometieron en la consolidación de este proceso. Y los presidentes de Colombia, desde Virgilio Barco hasta Juan Manuel Santos, mantuvieron el objetivo de vincular al país a este orden internacional.

Los principales motores económicos fueron la expansión de la comunidad europea, con una moneda común; la espectacular apertura económica de China; la proliferación de tratados de libre comercio y la revolución y difusión de las nuevas tecnologías digitales, entre ellas el internet y la telefonía celular, prácticamente desconocidas en los ochenta en muchos lugares del mundo.

El modelo comenzó a flaquear con la gran depresión de 2008, fruto de los errores de regulación y control financiero, que sumió al mundo, especialmente a Estados Unidos y Europa, en una profunda crisis de estancamiento y desempleo, que, además, puso de presente el deficiente diseño del euro y la vulnerabilidad de las economías europeas.

Ante el bajo crecimiento económico, el aumento de la desigualdad y el mayor desempleo surgió el rechazo de millones de trabajadores y desempleados contra la globalización, las importaciones y los inmigrantes que se asentaban en sus vecindarios. Los partidarios del Brexit y de Trump, en su mayoría blancos sin educación, sin empleo o con malos trabajos, protestaron contra la falta de ocupación, los extranjeros y la injerencia de los tratados y compromisos multilaterales sobre sus vidas.

Esos historiadores seguramente anotarán que en 2016 comenzó un período de cierta desglobalización, intensificación del nacionalismo, mayor protección económica y avivamiento de tensiones políticas, así como de retroceso de los compromisos multilaterales contra el cambio climático.

Las señales son evidentes. Con el Brexit se profundiza la crisis europea, que se avivará con nuevas amenazas que están surgiendo en Francia e Italia. Y, al cumplir sus promesas, Trump revisará el Nafta, las bases de los intercambios comerciales con Europa, China y México, y retirará a su país del tratado de París.

Se esperan numerosos cambios de la política de Estados Unidos en América Latina: además de lo del Nafta, la construcción del muro en la frontera con México, un nuevo congelamiento de las relaciones con Cuba, mayor presión contra Maduro, algunos cambios en los tratados bilaterales de libre comercio y un endurecimiento de las políticas contra el narcotráfico (que necesariamente afectará la política interior y exterior de Colombia).

No hay que descartar que, a imagen y semejanza de la figura de Trump, puedan surgir en la región candidatos populistas, nacionalistas, que desprecien a las minorías y el cuidado del medio ambiente, que clamen por la corrección de los que consideran los excesos de la globalización y la defensa de los derechos humanos.

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