Por: Guillermo Zuluaga

2016: ¿año para dejar de creer?

Este no es un año para el olvido, como dicen tantos. Pero tampoco es momento para continuar con maniqueísmos de que “los buenos somos más” y que tales.

Sin embargo, sí es un año que acarreará profundas reflexiones aquí y allá. Los últimos acontecimientos así lo indican  o lo invitan. Este 2016, -bisiesto para más cábalas-  es un año de profundas inquietudes acerca de la  convocatoria real de ciertas instituciones e ideologías que se han ido cocinando con el transcurso del tiempo. En el 2016, parece, entraron en crisis algunas de ellas. 

Por ejemplo, ateniéndose a esa primera creencia que nos inculcaron —y que marcó huella en nuestra identidad occidental—, podría empezar por preguntarse por las religiones, sus iglesias y sus pastores. Se tira la mirada más allá de nuestras fronteras nacionales y en las pantallas aparecen tantos matándose en nombre de una religión, intentando posicionar a sangre y fuego un pensamiento único y monoteísta. Una reedición —quizá— de las Cruzadas que intenta por las armas posicionar y legitimar un Estado, no en representación de formas de gobierno alternativos, sino de incuestionables actos de fe. Se mira más acá y entonces cae en cuenta de que hace tan poco muchas iglesias en Colombia que —contrario a las doctrinas que predican donde el amor y el respeto por el otro y la igualdad son sus nortes— se jugaron por posturas políticas que iban –creemos- en contravía de esa, su labor evangelizadora. Cómo olvidar al párroco aquel de un pueblo antioqueño invitando a oponerse al plebiscito de los Acuerdos por la Paz, porque se instalaría —lo decía tan enérgico desde el púlpito— “una ideología de género” en Colombia.

Y entonces, continuaría uno preguntándose por la democracia. La famosa decisión de las mayorías, la mitad más uno que define tanto. Mira ejemplos de este 2016 y cae en cuenta de Brexits y de Trumps, con sus posturas y sus búsquedas quizá un poco impopulares —o eso se creía— y contra todos los pronósticos o por menos de los que se creen o nos creemos más “políticamente correctos”, ganan estas y de nuevo surge la inquietud de si vale la pena seguir creyendo en las democracias, la menos mala –se ha creído- de las formas de gobierno como predican sus seguidores.

Y entonces, un poco en torno de lo anterior, pienso en la representación o lo que alimentan las democracias, o lo que fue su base por décadas: los partidos políticos. Pero cuesta ya creerles cuando ellos no tienen ya la capacidad de influencia —los últimos eventos democráticos así lo indican— y menos han sido capaces de ser democráticos ellos mismos al interior, y sus líderes y dirigentes son personas que quieren eternizarse en sus privilegios… difícil creer —y este 2016 no da muchos ejemplos que iluminen— en los partidos…

Bueno, no hay democracia ni partidos, no hay religiones que convoquen y que iluminen y entonces podría uno pensar en otros espacios, otros grupos que convoquen: ah, el fútbol, por ejemplo. Y no hay tal: difícil seguir apostando por un deporte donde sus astros son desastres en cuanto a sus estilos de vida con sus escándalos y de derroches, en el que sus dirigentes —como si fueran políticos— solo buscan seguir perpetuándose también en sus privilegios, en sus reuniones en sitios ultra secretos con fiestecitas donde acuden tan puntuales algunas señoritas de dudosa… que no figuran en ninguna federación. ¿Creer en el fútbol —esa religión pagana de estos tiempos— donde sus seguidores —fieles— se valen del amor por su equipo para matar o agredir a quien lleva un trapo o una camiseta diferente?

¿En qué creer? ¿En el arte y sus artistas egocéntricos, pendientes más de la tribuna que de sus cánones y sus búsquedas? ¿Creer en premios literarios casi siempre amañados?

Es difícil para el ser humano no creer en algo. Es una necesidad tan básica como la alimentación o el abrigo y, sin embargo, cuesta seguir creyendo. Este 2016, sin proponérselo, nos invita a no ser tan creyentes.

 

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