Por: Columnista invitado

2016, un cambio de paradigma

Parece que con el triunfo de Donal Trump en Estados Unidos, del Brexit en el Reino Unido, y del No en Colombia, nos adentramos a un cambio de paradigmade la historia.

Por: Jorge Iván Posada

Estos tres acontecimientos nos recuerdan lo cíclico que puede ser la historia de la humanidad. De la gloria de la unión cultural y económica europea, pasamos a su resquebrajamiento, más por los discursos ideológicos nacionalistas de derecha, que por la simple autonomía fiscal del Reino Unido. Del despertar de la libertad de tránsito por el Viejo Continente, la noche es el cierre de fronteras y el levantamiento de muros de odio.

Las barcas con miles de inmigrantes de Siria, que surcan el mar y emprenden el viaje de la muerte, terminan en la isla de Lesbos de Grecia. Tras naufragios, y decenas de hombres, mujeres y niños ahogados, muchos logran sobrevivir y pisar suelo europeo, pero en Hungría los sacan a patadas e Italia les tira la puerta en la cara.

Los atentados en Paris, en Charlie Hebdo y del 14 de noviembre, y los de Niza, fueron vistos por millones de europeos y de personas de otras latitudes, pero parece que los medios de comunicación no fueron al fondo de lo que estaba sucediendo para prever estos desenlaces: la consolidación de la derecha en Francia y en otros países de Europa.

Quienes trabajamos en los medios y en el periodismo, creíamos sentir el pulso de los acontecimientos, de la realidad, y que también definíamos lo que pensaba la sociedad. Pero estábamos equivocados.

Ya lo dijo el escritor argentino, Martín Caparrós, en una reciente columna que escribió para The New York Times sobre este 2016, en que todo cambió: “tantos viven distinto, piensan distinto, imaginan distinto. No menos, no peor: distinto. Y nosotros, los dueños supuestos del discurso, no procuramos siquiera saber cómo. Para nosotros, ellos —millones y millones de personas que no entendemos, que no conocemos— son datos, números: a lo sumo, para tratar de manejarlos, intentamos averiguar sus cantidades”.

Los medios, vehículos oxidados y viejos, e impulsados por la gasolina de las redes sociales, no interpretaron ni relataron lo que estaba pasando. Por eso este 2016 nos cogió por sorpresa cuando millones de personas, por ejemplo en Estados Unidos, Reino Unido y Colombia, nos dijeron: ¡Despierta!, este es el mundo en el que vives. Nos chocamos con la realidad.

Pero tras los tres golpes, algunos siguen como el avestruz, o como Walt Whitman, celebrándose y cantándose así mismo.

No lo quisimos ver, pero un multimillonario evasor de impuestos, misógino, racista y xenofóbico —el arquetipo de hombre blanco, utilizando la descripción del cineasta y escritor Michael Moore— se hizo a la presidencia del país más poderoso del mundo. La gran prensa estaba del lado de Hillary Clinton y millones en la redes decían que tras el triunfo de la revolución cultural, era imposible que Estados Unidos tuviera tantos idiotas capaces de elegir a Donal Trump.

Pero ahí estaban los votos amarrados de los estados tradicionalmente republicanos, y los votos de los estados industriales demócratas del norte que viraron hacia Trump, como cuenta de cobro hacia la clase política tradicional que por los tratados de libre comercio, los empobrecieron. ¡Despierta!, por eso Ohio, Michigan, Pennsylvania e Indiana, antes demócratas, catapultaron la victoria de Trump: 65 votos del Consejo Electoral con los que el magnate abrió las puertas de la Casa Blanca.

Lo que no podía pasar, pasó, no solo porque el país de los blancos, nacionalistas, racistas y xenofóbicos quisiera retomar el poder, sino porque el discurso populista de hacer América grande de nuevo, caló en millones empobrecidos y hartos de su dirigencia como los Bush y los Clinton. Veinticinco años después de la caída del Muro de Berlín, la nación que lideró ese proceso entregó su destino a un hombre que quiere levantar un muro con México.

¡Despierta!, las encuestas son una cosa y el día de la votación, y el resultado, son otra. Millones de personas mayores, que añoraban la independencia fiscal, y el nacionalismo británico, obligaron la salida de la potencia de la Unión Europea, tras una aventura política de su primer ministro David Cameron, que tampoco tomó el pulso de la realidad —ni la gran prensa— sobre el socavón al que podía meter a su país por la convocatoria al referendo.

Parecía imposible que una nación con 8 millones de víctimas, 60.600 desaparecidos y seis millones de desplazados, tras más de cinco décadas de conflicto armado, le dijera No a la salida negociada por medio de un plebiscito. Pero tantos viven distinto, piensan distinto, imaginan distinto en Colombia, que 6 millones optaron por la incertidumbre, y el 62 por ciento de los inscritos para votar, no lo hicieron.

¡Despierta! porque no solo fueron personas que salieron a votar convencidos de las mentiras de los promotores del No, sino porque de verdad viven en ese país conservador, confesional, y feudal, que cree que el liberalismo republicano es el comunismo.

Los sueños de la unión, la fraternidad, de la globalización, de los estados sociales de derecho, del liberalismo republicano, de la revolución cultural y del pacifismo del siglo XX, que consolidó la humanidad tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, se están echando al traste. Es un cambio de la historia. Parece que hoy vuelve a tomar fuerza un discurso que no hemos logrado entender, ese que tiene como consigna el nacionalismo extremo, la supremacía racial y la persecución y eliminación de la otraedad.  
 

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