Por: Arturo Guerrero

2017: otra hegemonía simbólica

La guerra, la contaminante guerra, la capa de pensamiento que ensombrece el verdadero pensamiento. 2016 fue el lapso de matar la guerra. Se logró. Miles de fusiles serán pasto de escultor. ¿Qué oficio se le encarga a 2017?

Pues el oficio de acogotar la guerra que queda en los cerebros y tripas de los sobrevivientes. Es que las armas no son solo de metal y pólvora. Son, en primer lugar y de modo sistemático, un dispositivo espiritual, una condición de la mirada.

Colombia está infestada de esta guerra síquica. Apenas está removiendo los andamios dentro de los cuales se edificó como nación. Pero permanece esa construcción, ese amasijo de palos y cemento que originan el odio generalizado.

De modo que el 2017 será el tiempo de eliminar los motivos guerreros. En entrevista con Cecilia Orozco para El Espectador, la artista Doris Salcedo señaló hace un par de meses y medio lo que sería una consigna para esta tarea:

¨Lo importante –dijo- es generar imágenes capaces de oponerse a la hegemonía simbólica que la guerra y la violencia nos han impuesto hace tantos años¨.

Lo sugirió a propósito de su más reciente obra escultórica, ese sudario blanco con que inhumó las lozas de la Plaza de Bolívar en Bogotá. La tela inmaculada fue una nueva tierra. Debajo quedaron los pasos de tanta historia vista en este cuadrilátero patriotero.

Fue inevitable fantasear con un borrón y cuenta nueva. El país sepultado cedió lugar a un agua que era nieve que era pureza que era el anverso de la sangre.

Así convendría que llegara el nuevo año. Como un desintoxicante, igual que un detergente que aseara el inconsciente colectivo.

En efecto, la función de las imágenes es provocar mitos frescos. Las imágenes del arte son metáforas de sus semejantes de la cabeza. Si las personas comienzan a implantar cuadros serenos en su intimidad, las neuronas se acomodarán a estas frecuencias hasta engendrar comportamientos no antes vistos.

Una hegemonía simbólica, la de la matanza, se sustituirá por maneras provocativas de comulgar con los vecinos. La gente comenzará, no a tolerarse a más no poder, sino a considerarse de arriba a abajo como integrante de una manada a la que le va mejor si se aprecia.

Es viable cambiar una inoculada hegemonía simbólica, por una convicción de razón y sentimiento gracias a la cual los hombres están en el mundo para reírse, ser cómplices y apretujarse las almas.

Se requerirán, obviamente, políticas públicas de cultura ciudadana. No para que el gobierno enseñe a ser felices sino para que facilite los requisitos de la dicha colectiva.

A medida que las salas de cirugía del Hospital Militar se nublen de telarañas, el año 17 irá adecuando cuarteles como auditorios de teatro y cine. Los sacos de arena que protegían de perforaciones a los policías servirán para la mezcla de los constructores.

Cada ciudadano sustituirá en su deseo los ingredientes de la guerra por materas con flores aromáticas o por juguetes para niños con papás no mutilados. Dentro de un año, el país entero estará entibiado por muchas telas que cosidas harán una sola tela blanca.

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