Por: Ricardo Bada

25 años sin y con Miles Davis

El 28.9.91 falleció Miles Davis; lo que quiere decir, si Pitágoras no miente, que hace un mes se cumplieron 25 años de su desaparición como persona. Y recordarlo me ha hecho pensar.

“Se sabe que cuando llegue el día del Juicio Final, será el arcángel Gabriel quien hará sonar la trompeta. A su lado, Satchmo será la segunda voz”, escribió el periodista porteño César Pradines al comentar el debut de Louis Armstrong en Buenos Aires el 30.10.1957. Y me parece que fue Aimé Cesaire, u otro poeta de la negritud, quien dijo que el día del Juicio Final sería la trompeta de Louis Armstrong la que suene para convocarnos. Pero yo, sin dejar de amar al gran Satchmo y haciendo caso omiso de ángeles y arcángeles y todas esas invenciones de la cosmogonía de cuño hebreo, tengo para mí que la trompeta del Juicio Final no puede, no podrá, ser otra que la de Miles Davis. Y que ya estuvo ensayando el tema de su cada vez más próxima aparición estelar cuando grabó la inolvidable y estremecedora “saeta” de su disco Sketches of Spain.

Ahora bien, estas líneas no pretenden ser un recorderis de la efeméride consignada al comienzo de la columna ni el consabido rosario de elogios [=lugares comunes] a una personalidad que no los necesita. Sencillamente, desean ser una reflexión acerca de ciertos estereotipos del lenguaje, que trato de hacer saltar por los aires en el título de la columna misma.

Dentro de la mecánica de la escritura necrológica, al parecer regida por la inercia, de siempre me sorprende la disparidad entre el hecho de anunciar que llevamos –por seguir con el mismo ejemplo– 25 años sin Miles Davis, para remarcar después, a lo largo del texto, que está más vivo que nunca, gracias a sus discos. Dicho en otras palabras, llevamos 25 años no “sin”, a secas, sino sin dejar de estar “con” Miles Davis.

Hace poco leí en la cuenta de Twitter @erizodemar: “Los géneros literarios más difíciles son la dedicatoria manuscrita y la carta de recomendación”. Bien se nota que @erizodemar, gracias a los dioses, no ha tenido nunca la obligación de pergeñar un obituario ni de hacerlo, además, urgido por la necesidad de entregar el manuscrito casi antes de escribirlo, porque el micrófono o la cámara están esperando.

Sea como fuere, y a decir verdad, creo que en esta materia el non plus ultra está en los siguientes titulares de un diario de mi Huelva natal: “Numerosos escolares recuerdan al poeta rocianero Odón Betanzos con una lectura de sus poemas. Al emotivo acto no faltó su difunta esposa”.

¡Eso sí que es un récord necrológico de difícil, por no decir imposible, superación: hacer que acuda al recital en honor de un poeta la difunta esposa del mismo!

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