Por: Arturo Guerrero

Ácido sulfúrico

Es el principal componente del desayuno colombiano. Mezclado con chocolate, arepa y huevos pericos, el ácido sulfúrico impregna y envilece los alimentos del día.

Corroe los intestinos, pudre el corazón, planta candela en el aliento de los dragones.

Para no perder el efecto, en el almuerzo agregamos anzuelos, alacranes, mala leche. La van bien con el ácido que a esta hora atiza otros instintos homicidas. En la noche nos vamos a la cama con ortigas, para pinchar los sueños e irritar la piel de la mujer.

Esta es la dieta diaria de un país que odia el cuerpo, le teme al alma, sacrifica los placeres y les pone velas a las brujas. Las recetas vienen de antiguo, de arenas nómadas con camellos donde orates de barba resolvieron que los bebés nacen malditos y el diablo es más inteligente que los dioses.

Los nutrientes envenenados se transmitieron por generaciones, con el esmero de ancestros que no soportaban imaginar la felicidad como trama cotidiana. En cada siglo surgieron maniáticos, dispuestos a erradicar la risa, el libre albedrío y la ebriedad.

No contentos con emponzoñar la mesa de cada familia, los líderes opacos dispusieron a su arbitrio de las leyes. Era preciso para ellos asegurar la tiniebla mediante un aparato escrupuloso de obligaciones públicas.

Para garantizar el éxito de su cruzada, inventaron escuadrones capaces de persuadir a los díscolos gracias a espadas y bocas de fuego que infligieran callejeras perforaciones pedagógicas.

Así las cosas, llegamos al tercer milenio sin modificar aquel menú originario que agria las miradas, hostiga los brazos y repleta las mentes de sospechas. Los adelantos esporádicos en humanidad son alivio pero no logran insertarse en el embrollado torrente sanguíneo.

De modo que el territorio es arena de batalla donde gruñen los hombres con las venas hinchadas al primer insulto. Los círculos de afecto se van rompiendo, la gente sustituye la voz por el teclado, nadie mira a los ojos porque de pronto surge un compromiso.

El ácido sulfúrico ha generado varias veces en la historia climas irresistibles para las gentes frágiles. Hoy se sufre uno de ellos. Más demora una noticia buena en escribirse, que la baba de caracol en esparcirse como capa fofa de desconfianza.

Los jóvenes, si son ricos desesperan por irse al extranjero; si pobres, por enrolarse en cualquier fila uniformada que les enseñe las finas normas del abuso. Las muchachas regalan a la cuchilla su silueta, con tal de acomodarse a la protección de los más fuertes.

Ya no se habla, se ladra. No se acaricia, se pellizca. El baile es pogo, litigio de huesos en el aire. Las canciones perrean, en lugar de seducir. El idioma es vademécum de morbo genital.

Por eso los verdaderos sapos y culebras que se deben eliminar son culturales, son los parásitos engordados en el ácido sulfúrico de la historia. Están enquistados bien hondo, amargan íntegra la existencia de los afortunados hijos del trópico. El momento pide cambio de menú en las fuentes.

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