Por: Valentina Coccia

Acoso institucional

Sí: “acoso institucional”, al igual que “reglamento institucional”, “correo institucional” o “trámite institucional”.

Lo ocurrido recientemente en la Universidad de los Andes con la profesora Carolina Sanín ha abierto la puerta no solo para volver a hablar de la universidad de la cual soy egresada, sino también para reflexionar alrededor del fenómeno del acoso, que como lo sugiere el título de la columna, ya se ha incorporado a los estamentos de las distintas instituciones, y ha llegado incluso a normalizarse, relegándose al fondo de los cajones de los escritorios o escondiéndose bajo los pupitres de clase, camuflado por los tímidos parágrafos que lo cobijan en los reglamentos.

Carolina fue profesora mía en la universidad. Con ella tomé las asignaturas de Literatura Española Medieval, Literatura del Siglo de Oro y una electiva sobre Dante, Petrarca y Boccaccio. Si yo simpatizaba con ella o no, no le atañe a los lectores de esta columna; solo diré que siempre recordaré a Carolina por ser una mujer muy brillante, por ser una profesora exigente y por su personalidad intimidante y a veces mordaz.  Lo digo porque mis reflexiones u opiniones no parten de mi simpatía o mi antipatía hacia ella, sino que parten de la necesidad de solidarizarme frente a los abusos y amenazas que no solo ella ha recibido dentro del marco de la renombrada y prestigiosa institución de la Universidad de los Andes.

Las amenazas virtuales que ha recibido la profesora Sanín provienen de ciertos grupos de estudiantes que no solo se muestran en desacuerdo frente a sus planteamientos honestos y directos frente a cualquier tema, sino que buscan, mediante intimidación, amenazas y chantajes, silenciar su voz e incluso pretender que renuncie a su trabajo en la universidad. Ahora, afortunadamente, pedirle a Carolina que se quede callada es como pedirle peras al olmo, pero les aseguro que el rector Pablo Navas y otras personalidades administrativas de la universidad no están muy contentos con respecto la posición defensiva de Sanín, que continuamente, en redes sociales y seguramente a través de otros medios, ha manifestado su inconformidad frente a esta situación.

En los últimos días he seguido el caso de cerca, leyendo los continuos posteos de Sanín en su perfil de Facebook. Carolina pone en evidencia el conformismo, la resignación y la pasividad de la institución: desde lo más alto no ha habido ni un eco de solidaridad frente a su caso. “Hoy voy a dictar clase en la Universidad de los Andes, sintiéndome amenazada, y el rector no me ha dicho una palabra”, dice la columnista de Arcadia en una de sus entradas.

El caso de Sanín (que como digo, afortunadamente no guarda silencio) abre la puerta para que se revelen otros casos que la institución esconde debajo del tapete. Para poner el primer grano de arena, me gustaría hablar sobre un caso que se dio hace algunos años en la universidad, que por esos tiempos escondía en sus filas a un profesor que se la pasaba mirando perversamente a sus estudiantes y monitoras de clase, cuyo nombre ni departamento de filiación considero prudente mencionar. Un bienaventurado día para muchas de las que padecíamos de su mironería en corredores y salones de clase, el profesor despareció de las listas de materias por ingresar, de los perfiles de los docentes en la página y su paso dejó de oírse en las oficinas de su departamento. Su desaparición fue misteriosa, pero también fue una de muchas y pasó casi desapercibida. Unos meses después, oí el rumor de que al susodicho profesor lo habían sacado de la universidad por encerrar a una estudiante en un salón con miras de seguramente abusar de ella. La estudiante a lo mejor se quejó en silencio, a puerta cerrada en la oficina de yo no sé quién, y al profesor a lo mejor lo echaron sin que nadie se diera cuenta para que no colorara los bonitos cachetes institucionales de la universidad. Lo peor de todo es que ninguno de nosotros (ni estudiantes, ni egresados, ni personal académico o administrativo) puede afirmar que esta historia sea cierta; se quedó en solo un rumor o un chisme, pues la universidad, desde ningún medio, hizo alusión alguna a este caso de ni a su posición de apoyo frente a la estudiante.

Esta historia, además de poner un primer grano de arena para que los miembros de la comunidad denuncien cualquier tipo de acoso que haya en la institución, lacuento para hacer una crítica directa a la universidad. La Universidad de los Andes debería defender a las víctimas de estos abusos públicamente, en primer lugar, para plantear su posición de desacuerdo explícito frente a este tipo de conductas, pero además, para que estudiantes, profesores y personal administrativo se sientan seguros dentro de la institución, y sientan su respaldo frente a estas situaciones que cada vez se vuelven más frecuentes. Estoy segura de que ninguna estudiante (aplica para cualquier caso con respecto al género) paga 10 y tantos millones de matrícula para que un profesor morboso y pervertido la encierre dentro de un salón; o a que ningún profesor le pagan 5 y tanto millones para que guarde silencio frente a situaciones como las ocurridas con la profesora Sanín. Esas conductas ponen en riesgo la integridad de las personas, y nadie debería callarse cuando de este tipo de situaciones se trata.

Ante esto es pertinente decir que en muchas universidades la educación como tal y el bienestar de los estudiantes y trabajadores dentro de la institución ha pasado a segundo plano. A la universidad no se va para sentirse en peligro ni para sentirse amenazado: se supone que no es un campo minado sino una tierra fértil donde se cultiva el conocimiento. Sin embargo, a la Universidad de los Andes esto poco parece importarle, pues por un lado, este caso corrobora lo que dije meses atrás en otra columna que publiqué en este espacio. Los Andes, desde lo más alto de su institución, da mal ejemplo con su pasividad frente a las injusticias, aislándose y no tomando posición frente a casos en los que es necesario, y por su puesto, trata de imprimir en sus estudiantes y personal esta misma conducta: si hay quejas, o se presentan situaciones incómodas se hará lo mínimo necesario sin armar ningún escándalo o alboroto. Por otro lado, yo creo que en la universidad en general, y más en el caso de los Andes, la educación se ha vuelto un negocio, una cuestión monetaria. Ya no se educa a la gente para tener una sociedad más justa y equitativa, sino se educa para que la sociedad se haga más próspera económicamente hablando. En esto los Andes también es un magnífico ejemplo: tal vez dejarle de pagar el sueldo al profesor pudo ahorrarle unos pesos al bolsillo, pero sacar de la universidad a los estudiantes que amenazan a la profesora Sanín a lo mejor represente una pérdida monetaria importante para la institución.

Siempre lo he pensado; la Universidad de los Andes, con el cumplimiento de todos sus estándares internacionales y su gran éxito en los rankings académicos se parece al prototipo de la señora divinamente de la alta sociedad bogotana: cachacosa y elegante; pero también hipócrita, virulenta y mojigata; preocupada por el qué dirán y repleta de inquietudes frívolas que no le interesan a nadie. Invito a la institución a que defienda su prestigio académico, su supuesta filosofía laica y librepensadora y su apoyo a la diversidad, demostrando con hechos su toma de posición frente a estas microviolencias que a diario ocurren en redes sociales, pero también en corredores, salones y otros espacios comunes de la universidad. Rector Pablo Navas Sanz de Santamaría: apelo a su nombre para que demuestre que la universidad no está de cara al prestigio y de espaldas a la solidaridad.
@valentinacocci4  [email protected]

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