Por: Eduardo Barajas Sandoval

Actos “sin presidente”

Donald Trump no parece entender que todavía falta un mes para que comience su gobierno y que, no obstante, todo lo que diga tiene consecuencias políticas.

Un “drone submarino”, aparentemente extraviado en el fondo del mar cerca de las Filipinas, dio lugar a una acción de vigilancia de los chinos, que reclaman el área, donde además “construyen” islas, y a una inusitada reacción del presidente electo de los Estados Unidos, que se convierte, antes de tiempo, en su primera manifestación frente a un hecho concreto de implicaciones internacionales.

Contra la costumbre según la cual los presidentes electos guardan silencio sobre las incidencias de la vida pública hasta cuando lleguen a la Casa Blanca, Trump reaccionó de una vez contra los chinos, quienes al encontrar el aparato de exploración submarina abandonado o perdido, lo llevaron a tierra para examinarlo. Haciendo uso del “trino”, invento muy gringo de comunicación que permite expresar un pedazo de pensamiento, o en el mejor de los casos un pensamiento comprimido, sin la correspondiente justificación ni mayores explicaciones, para luego quedarse otra vez callado como un pajarito, el presidente electo dijo que “China roba drone de investigación de la Armada de los Estados Unidos en aguas internacionales, lo saca del agua y lo lleva a China en acto sin presidente”. Después corrigió su trino para hablar de “acto sin precedentes” y más tarde resolvió trinar: “Deberíamos decirle a China que no queremos que nos devuelva el drone que se robó. Que se lo guarden!”.

La suma de desaciertos del presidente electo no podía ser mayor. No tenía que meterse a reaccionar frente a un incidente del que ya se estaban ocupando las autoridades actuales de su país, que son las llamadas a manejar ese tipo de situaciones mientras estén en el poder. Por muchas ganas que tenga de definir cómo deben ser las cosas, no le queda bien designar como drone, en el idioma convencional de nuestros días un aparato volador, a una máquina que anda por el fondo del mar, que en realidad se denomina UUV, (Unmanned underwater vehicle) esto es un vehículo subacuático no tripulado. A ese ritmo de llamar las cosas como le venga en gana, se puede ver envuelto en problemas derivados de la imprecisión o la improvisación. Además de que, ya lo verá a la hora de gobernar, no se podrá pronunciar sobre cada gallina que se mueve en el corral. El lapsus de que se trató de un acto “sin presidente” habla por sí solo del estado de ánimo del recién llegado a las esferas del poder político, que tarde o temprano tendrá que entender que no es el dueño de la empresa.

Para colmo de males, todo lo anterior es en realidad poca cosa frente al problema de fondo, que no es otro que el de una animosidad innecesaria y peligrosa que el nuevo presidente ha venido mostrando frente a la República Popular China. La manifestación más dura de esa animadversión, luego de referencias retadoras en materia comercial a lo largo de la campaña, es la idea, contra corriente, de desconocer el principio de “Una sola China”, que ha sido fundamental no solamente en el desarrollo de la política occidental hacia China sino una pieza importante de la arquitectura política del mundo contemporáneo.

A estas alturas conviene recordar que las grandes transformaciones de la China en el Siglo XX, y en particular la competencia interna por establecer una república que reemplazara tradiciones de absolutismo milenario, terminaron con el triunfo de los comunistas de Mao Zedong y el refugio de sus oponentes, bajo el liderazgo de Chiang Kai-Shek en la isla de Taiwán, a donde llegaron expulsados del continente desde 1949. A pesar de lo anterior, la representación de China, como gran potencia, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se prolongó en cabeza de los expulsados hasta el 25 de octubre de 1971, cuando la Asamblea General decidió que la República Popular llevara esa representación. En ese momento, los Estados Unidos, amigos tradicionales de Taiwan, abogaron por que las dos Chinas estuvieran representadas al mismo tiempo en la organización, como Estados diferentes, pero fueron derrotados estruendosamente a la hora de la votación. A partir de entonces, los propios Estados Unidos han respetado la política de “Una sola China”, según la cual, a pesar de que la República Popular no ejerce soberanía sobre Taiwán, solamente hay una China, que incluye tanto la enormidad continental como la isla.

En este contexto es comprensible la preocupación y la molestia que ha producido, no solamente en Pekín, sino en otras capitales del mundo, la afirmación de Trump en el sentido de que no ve ninguna razón para que los Estados Unidos continúen respetando la política de Una China, a menos que se entren a discutir los nuevos fundamentos de una relación comercial. 

Para el mundo debe ser preocupante el anuncio de la eventual ruptura de un principio que dio paso a la normalización de las relaciones entre dos grandes potencias en 1972, cuando Richard Nixon, guiado por Henry Kissinger, decidió darle a su país, y al mundo, el chance de mantener una relación de cooperación que, desde entonces, ha producido más frutos que problemas, no solo desde el punto de vista económico y comercial, que presenta hoy un caudal enorme, sino desde el punto de vista político, con los beneficios de una cordial competencia, mas no de una confrontación.

Cambiar los términos de esas relaciones es tarea que no puede resultar del capricho de un jerarca, sino que debería ser el resultado de un debate en el que se consulte a fondo la experiencia y se ausculte hasta muy lejos lo que pueda suceder. Los impulsos de cualquier jefe político que se sienta inspirado y maneje las relaciones internacionales a punta de pálpitos, o mejor de “actos sin presidente”, pueden traer consecuencias muy graves, por las cuales pagan generaciones y naciones enteras, mucho tiempo después del paso, siempre fugaz, de un líder por el asiento del poder.
 

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