Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Acuerdos y desacuerdos

Bueno: hay firma del acuerdo de paz. No estoy seguro de que la ruta adoptada sea la mejor.

No compartí la idea de convocar a un plebiscito, por considerar que sobrecargaba riesgosamente al proceso, pero ahora creo que después de los eventos del 2 de octubre enfrentamos unos hechos cumplidos que no son fáciles de borrar. Ahora bien, los contra-argumentos también tienen sentido. El Congreso es un espacio natural para la discusión de este tipo de cosas, y muchos actores que habían defendido al No, sobre todo las iglesias, parecen estar conformes con los ajustes que se le hicieron al acuerdo. Por otra parte, los miles de guerrilleros que se han acogido al proceso no pueden seguir en el limbo. Entre más tiempo pase, más riesgo hay de que se presenten incidentes terribles.

Esto, por supuesto, les llevaría el agua al molino a los amigos del Centro Democrático, que muy a su pesar han tenido que destapar sus cartas en esta coyuntura. No quieren la paz, ni una salida constructiva al impasse en el que nos encontramos. Necesitan dilatar y desestabilizar, para obtener sus dos objetivos fundamentales. ¿Cuáles son? Primero, la vuelta al poder. Segundo, garantizarse la impunidad para los atropellos cometidos y por cometer. El grado de criminalización al que llegaron los dos gobiernos de Uribe no deja de asombrar; ahora ya ha quedado establecido que sus dos jefes de seguridad habían interactuado alegremente con narcos y paramilitares. A propósito, el grotesco intento de convertir el episodio del hacker en uno de victimización de los uribistas ameritaría un comentario especial, que espero me deje hacer el implacable discurrir de la coyuntura colombiana. Por esto, y por la naturaleza de su entorno, de sus redes y de su proyecto de gobierno, Uribe necesita poder tapar la olla. Los dos grandes objetivos, retorno al poder e impunidad sin verdad, están interrelacionados de manera natural.

Nos espera una dura lucha política. Está el tema de la aprobación de los acuerdos, así como el del tránsito de los miembros de las Farc a la vida civil. Pero después viene el gran desafío de la implementación. Es un reto difícil, que se tendrá que desarrollar en un clima político enrarecido, con capacidades estatales aún muy pobres, y enfrentando el sabotaje permanente del uribismo. Más aún, ya toca a la puerta la elección presidencial del 2018, en donde se jugará el futuro de la paz en Colombia. Esta vez, enfrentaremos una apuesta en la que se puede perder todo lo conseguido.

Cambiando de tercio: Colciencias, la agencia colombiana para el fomento de la ciencia y la tecnología, está acéfala, pues su directora fue ungida ministra de Educación. Se me ocurre que habría un estupendo candidato para el cargo: Moisés Wasserman. Políticamente (no, me equivoco: biológicamente) Wasserman es un moderado y un razonable, así que por ese lado no debería tener resistencias. Pero no es un moderado insustancial. Tiene convicciones firmes que argumenta bien. Una, quizás la principal de ellas, es que la investigación es muy importante para el país. Wasserman tiene además una fe profunda (una fe que los analistas sociales estamos entrenados para mirar con una ceja levantada y mirada dispéptica) en el poder de la ciencia y la ilustración para mejorar la vida de los seres humanos. Conozco muy bien las críticas a esta postura. Pero, francamente, me encanta que haya gente que aún crea en tales extravagancias.

Lo principal: conoce el tema desde su triple calidad de científico destacadísimo, de directivo docente, y de estudioso profundo de las políticas respectivas. Sabe mucho de él. Tanto o más que cualquier otro en este país. Uno esperaría que esta característica aumente la probabilidad de que una persona pueda incidir sobre una política crucial (y no que la disminuya, como a menudo ocurre en nuestro medio).

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