Por: Ana María Cano Posada

Adiestramiento

Un terremoto arrasa al vecino Ecuador; un volcán advierte a 25 millones de mexicanos; una corriente cálida del Pacífico produce el más recio fenómeno climático mundial reciente; se desbordan ríos; excesos de lluvia se traslapan con sequías; ocurren temporadas de años sin agua; ciudades con atmósferas enrarecidas provocan riesgos respiratorios; el eje de la Tierra se desplaza en sentido contrario al usual; marzo pasado fue el más caliente en todo el mundo; un volcán de Guatemala anuncia su malhumor; la explotación petrolera busca la mayor reserva natural en Colombia; son las microalgas las que producen más de la mitad del oxígeno que respiramos… y así una enumeración larga de lo que se presenta ininterrumpidamente sin percatarse del hilo conductor que lo une.

Hablan estos fenómenos y eventos de asuntos que ya no son imprevistos sino que han entrado en la etapa de ser cotidianos. El planeta físico, la naturaleza terrestre, tiene muchas maneras de pronunciarse y de leerse pero pocos están adiestrados para interpretarla. Los especialistas en ciencias de la Tierra, los geocientíficos, han pasado de ser miembros de un enclave académico a ser herramienta de primera mano para mirar acontecimientos y alteraciones con las que las conexiones de este planeta vivo muestra cómo tenemos que adaptarnos o no podremos sobrevivir.

Pero la inminencia de estos hechos no ha sido asumida. Es curioso que en noticieros y periódicos no haya sido creada todavía una sección permanente que consulte con juicio a los conocedores de estas ciencias para familiarizar al público con el significado y las consecuencias de los acontecimientos físicos del planeta. Que no haya una especialización periodística en el tema y que no sea una fuente consultada de manera habitual resulta desconcertante. Ya no se trata de mantener una sección sobre el clima donde un satélite descubre un frente frío o un huracán, que es ya algo antiguo a estas alturas, o unas páginas donde se exponga la ecología como una mentalidad indispensable para encarar los cambios introducidos en este espacio que compartimos todos, y que también es una respuesta sobrepasada por los hechos.

La geología buscaba antes guiar la minería y el petróleo, en épocas cuando la producción y la explotación eran los parámetros de relación con el planeta; ahora esa ciencia ha ido convirtiéndose en un conocimiento extendido sobre los signos vitales de la Tierra y tendrá que ser audaz en materia de comunicación de su saber para dar el adiestramiento bien informado a los habitantes de todas las zonas sobre las modificaciones que tiene su vida cotidiana de acuerdo con los fenómenos que se suceden en la actividad acelerada de los elementos naturales, en la evolución que la geografía tiene por encima de los actos soberbios de los humanos ocupantes de este planeta. No son designios ni tienen que ver con castigos ni sirve el pensamiento mágico de los que pronostican desastres: son los signos concretos de la vitalidad de un globo en el que todo está relacionado, y que contienen unas claves que requieren ser entendidas para quienes lo habitan.

En Viena está reunida la Asamblea anual europea de Geociencias donde ponen al día los cambios climáticos que antes provocó la naturaleza y ahora obedecen a la interferencia humana. Exponen los acontecimientos históricos que estuvieron ligados a las temperaturas. Y vuelven a fijar los puntos de no retorno en los que ya no tendrá manera de adaptarse la civilización humana. Entretanto quedamos al margen como si este no fuera un tema de primera plana en esta era.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ana María Cano Posada

La buena hora

Pasar el muro

Salir de las filas

La mirada lela

La taza llena