Por: Luis Carlos Vélez

Adiós, Castro. Hola, Trump

Escribo esta columna mientras me preparo para salir en vivo en el Noticiero Telemundo desde la calle 8 en Miami. Mientras en La Habana la gente llora y algunos recién se empiezan a enterar de la muerte de Fidel Castro, en esta, la otra Habana, la del exilio, todo es celebración y fiesta.

Hasta acá han llegado familias enteras compuestas de tres generaciones afectadas de alguna manera por el régimen que aún reina en Cuba. Los abuelos que escaparon de la isla buscando un mejor futuro, los hijos que se criaron en Estados Unidos y los nietos que nacieron acá y que en la mayoría de los casos no hablan español. Los abuelos dicen estar felices de que la vida les haya permitido ver muerto al tirano; los hijos, con dolor y mucho resentimiento, saltan de alegría por la ida del que agredió a sus familias, porque las abyecciones a las personas que se ama duelen más que las que van en contra de uno mismo, y los nietos celebran ver a los abuelos felices, aunque no sepan mucho más sobre la fiesta que hoy los rodea.

Es una imagen surreal. Hay fiesta por la muerte, una que es inevitable para todos, pero que para los miles de personas que están en este momento acá significa la posibilidad de empezar a voltear la página de cerca de seis décadas de dolor, nostalgia y desarraigo.

Ese es el caso de Luis García, dueño del restaurante Garcia’s, uno de los más emblemáticos de Miami, con quien estuve antes de llegar a la transmisión. Su padre, muerto hace 10 años, llegó al sur de la Florida en 1961 a bordo de un bote que, junto con unos amigos, robó de una marina en La Habana. Un año después convenció a su novia de acompañarlo en su nueva vida lejos de una Cuba que nos les ofrecía futuro y finalmente dejó su próspera tienda de pescado en la ciudad para entregarse a la aventura de las 100 millas de mar que separan la isla de la unión americana. Llegaron con una maleta, muchos sueños y, como único capital, sus conocimientos, experiencias y deseos de trabajar. Se ubicaron al lado del río de Miami, en una calle sucia y entonces abandonada, debajo de uno de los puentes del centro, la misma área en donde la mafia italiana y los narcotraficantes torturaban a sus enemigos y dejaban abandonados sus cadáveres, y empezaron a trabajar.

Pasaron los años y su negocio se volvió próspero. Pero próspero de la manera en que el dinero bien habido llega a las familias trabajadoras, es decir, en medio del sacrificio, los fines de semana sin descanso y los días laborales que empiezan con la luna y terminan sin sol. Trabajo duro con sudor y lágrimas. Luego llegaron los hijos. Entre ellos Luis, que me contó su historia en medio del olor fétido que despedía el cuero de una vaca muerta que sirve como carnada para las langostas, según me explicó.

Luis tiene en su teléfono la foto de sus gemelos, dos bellos niños que acaban de cumplir siete meses y que nacieron en medio de la comodidad. Estudiarán acá y desde ya su entorno supera las comodidades que cualquier persona de su familia alguna vez alcanzó incluso a imaginar. Me cuenta que su madre lo llamó a la medianoche del viernes para contarle sobre la muerte de Castro y que desde entonces se ha mantenido estoica, digna y compuesta. Relata que sólo rompió su silencio para decirle que le hubiera encantado que su esposo hubiera estado vivo hoy para haber sido testigo de este momento. Y entonces vamos a verlo en el cementerio. La visita es corta pero sentida y, visiblemente emocionado, Luis me dice que es un momento de sentimientos encontrados, nostalgia, dolor y algo más que es difícil explicar.

Llega la hora del vivo para el noticiero. Al mismo tiempo llega un camión con inmensos parlantes que suenan salsa a todo volumen y que en la parte de atrás lleva un cartel electrónico que dice en letras mayúsculas: TRUMP. Alcanzo a preguntarle a su conductor, que lleva la gorra roja de Make America Great Again, por qué está acá y qué tiene que ver el presidente electo. Me responde: “Castro sobrevivió a 11 presidentes de Estados Unidos, pero sólo a 15 minutos de Trump. Adiós, Castro. Hola, Trump”. Recuerdo a Luis nuevamente cuando nos despedimos en el cementerio y me repito en silencio: “Hay algo más que es difícil de explicar”.

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