Por: Javier Ortiz

Aires de guerra

Cuando la aviación se incorporó a la guerra, la muerte dejó de tener rostro.

La aviación había cambiado por completo los códigos morales sobre la muerte durante la guerra. Los pilotos, elevados a una altura a la que difícilmente llegaban las perturbaciones morales, se movían con impunidad en lugares donde era poco frecuente sentir los sonidos, los olores y los sabores de la muerte. Abajo, en cambio, los que combatían cuerpo a cuerpo o desde las trincheras insalubres, con cuerpos gangrenados y hedores a miseria, le veían el rostro a diario. La muerte no volaba, se arrastraba por los suelos.

Para estos mismos días, hace 71 años, la tripulación de un bombardero B-29 se preparaba para lanzar una bomba atómica sobre Hiroshima. Al verlos —a través de las imágenes de video que circularon un tiempo después— en esa pequeña isla del Pacífico, con sus shorts y camisas caquis, daban la sensación de que se trataba de una camarilla de actores de una película hollywoodense con ambientación tropical, y no de los miembros de una misión de guerra que manipulaban el arma más letal sobre la faz de la tierra. La mañana del 6 de agosto de 1945 subieron al avión bautizado con el nombre de la madre del piloto que comandaba la misión. Volaron sobre Hiroshima, lanzaron una bomba de uranio equivalente a 20.000 toneladas de TNT; 100.000 personas murieron en los primeros nueve segundos de la explosión; apreciaron desde la seguridad del avión la estética de la tragedia: la luz incandescente, el hongo remontándose por los aires, y dieron la vuelta para dar el parte de victoria. Tres días después, sus compañeros aplicarían la misma dosis sobre la ciudad de Nagasaki.

En 1985, en el aniversario número 40 del suceso, Paul Bregman, acompañante del piloto que lanzó la bomba sobre Nagasaki, se colgó de la viga de su casa en la ciudad de Los Ángeles. No vivió un segundo de tranquilidad después de la devastación. Los familiares dijeron que era un suicidio anunciado. Sus camaradas, en cambio, siguieron en el aire. Nunca sintieron el más mínimo arrepentimiento. Murieron de vejez, repitiendo, en cada una de las incontables entrevistas que dieron, que vivían sin remordimientos, que la bomba había hecho su trabajo, y que incluso había detenido una guerra que seguramente hubiera cobrado más vidas.

La única vez que Paul Warfield Tibbets Jr. —el piloto que comandaba la tripulación que arrojó la bomba sobre Hiroshima— sintió los efectos del desastre fue justo la misma mañana en que lanzaron el artefacto: “Entonces vi el resplandor y cuando la luz llegó al avión sentí un gusto de amalgama en la boca”, dijo. La sensación venía de los efectos que había producido la energía atómica liberada sobre las calzas de plomo y plata que Tibbets tenía en una de sus muelas. La bomba atómica para él sólo era un vago recuerdo con sabor a amalgama. Hiroshima nunca le había quitado ni siquiera una noche de sueño. Murió a los 92 años, el 1º de noviembre de 2007 —vaya paradoja— el día de Todos los Santos. Sabemos que quienes alimentan las guerras sin poner los muertos suelen andar en el aire.

 

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