Por: Jaime Arocha

Alcaraván

Esta no es una columna de opinión, sino de sentimientos personales para iluminar a los tolerantes, honestos, sonrientes y amorosos.

He pasado la noche casi en vela, con la imagen de mi amigo José Antonio Umaña en una clínica, con tubitos en los brazos y la nariz, respirando con dificultad. La mirada lejana. Espero que me haya oído cuando le agradecí su sentido del humor, pero en especial la tenacidad con la cual ha superado las dificultades que se le han presentado. “Por su fortaleza, usté siempre ha sido guía, Alcaraván compañero”, fue mi despedida.

Puse el joropo que lleva esos dos nombres apenas supe que José estaba ante la crisis más profunda de su vida. Esa música es inseparable de la invitación que en 1984 él le hizo a un grupo de amigos para ir hasta el Parque Nacional El Tuparro en el Vichada. Para ese entonces, los hijos de él y mis hijas estaban entre los seis y los diez años y fueron los más entusiasmados con la excursión. Tres meses antes de la partida, nos reuníamos en su casa de Santiamén en La Calera para estudiar el recorrido y anticipar paradas, como la que haríamos en Gaviotas, donde innovadores como Jorge Zaap ideaban molinos de viento, arietes, calentadores solares, pequeñas hidroeléctricas y sistemas de salud que incorporaban la medicina de indígenas guhaibos y cuibas. Soluciones de tecnología apropiada para la gente que José admiraba, de conuco, fundo y resguardo del Orinoco, mas no para agroindustrias depredadoras de morichales y bosques de galería.

Que no había cupo, nos dijeron a la entrada de semejante tamaño de parque nacional. ¿Devolvernos? José más bien miró el mapa y sugirió que nos arriesgáramos a tomar la trocha a Santa Rita. Allá pisamos la tierra donde no solo nació una de las primeras guerrillas del país, la del médico Tulio Bayer, sino las afloraciones del Escudo Guayanés, uno de los macizos más antiguos de la Tierra. Siguiendo sus intuiciones de baquiano llanero, también sugirió dirigirnos hacia Caño Tiro, cerca de la frontera venezolana, y por ese lado explorar aquellos promontorios rocosos del período precámbrico que parecen de otro planeta. Por si fuera poco, convenció a un colono para que en su canoa de motor nos llevara a la isla de Lau Lau en el río Orinoco. Sus arenas son tan finas que por ratos uno siente como si hubiera desaparecido la fuerza de gravedad.

El primero de enero del 85, alrededor de nuestras carpas aparecieron indígenas de muchas regiones, curripacos, sionas, kofanes, quienes junto a su comadre colona recibieron el nuevo año con ternera. Cada noche, en ese campamento la conversación dominante había sido sobre la esperanza de la paz. Languidecía el proceso del presidente Betancur con las guerrillas, pero seguíamos esperanzados de que las palabras triunfaran sobre las balas. Pese a que estas últimas vencieran y causaran el que años más tarde el propio José fuera desterrado de su finca del Casanare, mantuvo su optimismo con respecto al poder del diálogo para sanar nuestras violencias.

A las 11:41 de hoy 21 de noviembre, Olga Lucía, su mujer, escribió: con el alma rota, pero tranquila y llena de luz, les cuento que Umaña se fue a buscar la utopía. Partió rodeado de amor y en paz.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Jaime Arocha