Por: Eduardo Barajas Sandoval

Algo más que sacar a un presidente

La destrucción de Alepo, luego de cuatro mil años de vida urbana continua, es una vergüenza para la humanidad y a la vez reflejo vergüenzas mayores.

El asalto a una ciudad emblemática de la vida en comunidad es apenas el último episodio, hasta ahora, de la secuencia trágica de la destrucción de Siria a manos de tropas propias, aliadas con extranjeros. En Alepo existen huellas de vida urbana que datan de miles de años antes de la era cristiana. Allí se ha vivido el paso de la historia de una región del mundo que ha sido escenario de todo tipo de experiencias, descubrimientos y desventuras. Hititas, asirios, griegos, bizantinos y otomanos, dominaron la vieja ciudad sucesivamente. Pero han sido los árabes quienes la mantuvieron a lo largo de los últimos siglos como epicentro de comercio y de cultura. Todo eso va quedando en ruinas ante el ataque inclemente de las tropas del propio gobierno sirio, apoyado por la aviación rusa.

Dentro de los muchos responsables, locales y extranjeros, de la tragedia de Siria, se tiende a mirar con justa razón y en primer lugar hacia el presidente Assad, heredero del poder de su padre, poder que no estaba buscando cuando se fue a estudiar oftalmología, pero que tuvo que asumir en razón de las imperfecciones de un sistema político hecho a la medida de su familia. Atrapado por su ineptitud para manejar adecuadamente el brote de la primavera árabe, desató unas cuantas desgracias, por las pretensiones a ultranza de la tribu que lo sostiene y vive de su permanencia en el poder, por las presiones extranjeras de rusos e iraníes para que no vaya a ceder el poder a nadie, y por su aislamiento de la realidad, sumada a su indolencia respecto de lo que pase con su propio pueblo.

El malogro del proceso sirio ha originado varios de los principales males que afectan a Europa y al mundo. La estadía de migrantes en huída del infierno en el que se convirtió su país, por culpa, entre otros, de la testarudez, la indolencia y la ineptitud de Assad, vino a engrosar el caudal de aspirantes de otra procedencia a ingresar a la Unión Europea y contribuyó a desatar, entre otras, la mala voluntad del electorado británico que condujo al Brexit. Para no hablar de las dificultades por las que ha pasado la Canciller alemana con su política de integración de migrantes, ni de la amenaza que para todos significa el avance de la reacción de derecha extrema, que propone retroceder varias décadas, si no siglos, en la historia, para cerrar las fronteras y el ánimo universal que en su momento inspiró a las democracias occidentales. Y de allí sale el problema mayor de la acción inclemente del “Estado Islámico”, en contra de Europa y Occidente.

Mientras Assad sobrevive, indolente y a la vez impotente, ante una situación de la que es uno de los grandes responsables, la comunidad internacional le da vueltas por todos lados al asunto pero nadie se ha atrevido a ir más allá de las declaraciones, sin desconocer que se ha actuado, de la manera más aséptica posible, en el plano militar, en contra del Estado Islámico y que una que otra voz se levanta para protestar ante a la tragedia humanitaria de un pueblo que se desbarata y se desangra ante la mirada de quienes confunden la realidad con la ficción en las pantallas de la televisión.

Cómo habrá cambiado el mundo, para mal dicen algunos, que un tirano con aliados extranjeros de aquellos que no han tenido problema en aplastar a nadie, destruye a su propia nación impunemente, sin que nadie sea capaz de frenarlo. Las conversaciones en busca de un arreglo negociado se retrasan con incidentes como el de la batalla por Alepo, mientras avanza la muerte de inocentes. Después de todo el denostado Sadam Hussein, de quien tanto se dijo sin que se haya podido probar nada aún después de tantos años de la aventura de ir a destruir su país, parecería un patriarca frente al joven Assad.

Como ni la diplomacia ni la fuerza han servido para nada en el caso sirio, es necesario preguntarse si después de las lecciones aprendidas en Irak, que en todo caso fue otro fracaso, los poderes del mundo carecen no solo de imaginación sino también de voluntad para arreglar el problema. Justamente por eso la presión internacional debe crecer, aún desde los lugares más insospechados, en favor de la defensa de los inocentes que no encuentran salida en medio de la destrucción física y moral de su país. Amigos  y contradictores de Rusia, Irán y Arabia Saudita, deben actuar para que los principales implicados externos en el conflicto se comprometan a sacar adelante una solución negociada. Y el propósito  tiene que ir más allá de la suerte de Assad, quien en todo caso debería ser juzgado en un tribunal internacional, porque las proporciones del problema exceden ya hace rato la preocupación por la permanencia o no del personaje en el poder. De manera que un esfuerzo colectivo de la humanidad en favor de un arreglo en Siria, que evite la destrucción y la muerte, se debe convertir en un deber ineludible de toda la comunidad internacional.

Pero no se debe volver a cometer el error de esperar que surja allí una democracia al mejor estilo de Occidente. Ya se sabe hasta la saciedad que cada país tiene el derecho a diseñar su modelo político, que debe respetar eso sí los derechos fundamentales, dentro del marco de sus propias características culturales. Si en Siria se pudiese conseguir un relevo en esos términos, se estaría más cerca del éxito que en la fracasada aventura de Irak.

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