Por: Cristo García Tapia

Alguien tiene que llevar la contraria*

Siempre he creído en, y puesto en práctica, las disidencias conceptuales, de pensamiento y obra, como constructo ideológico que posibilita transformaciones en las vastedades o limitadas extensiones del campo político, científico, social, cultural y humanístico.

Muchos más, si esas disidencias están matizadas por ese toque de anarquismo que pone en entredicho los imaginarios históricos de realidad prevalecientes, tanto en el orden filosófico como económico, político y social que los afloran.

Y que, además, dinamizan en la contradicción y el debate de altura, el pensamiento y la acción de los actores sociales que en potencia aguardan, o lo hacen ellos mismos, la provocación que dé en los saltos cualitativos que cada cierto tiempo impone y demanda la sociedad para avanzar hacia estadios superiores de su desarrollo, progreso y crecimiento.

Cuanto es capaz la individualidad anárquica y disidente de  incitar esos impulsos dialecticos que transforman la sociedad, es asunto por dirimir; sin embargo, el papel que esta juega quizá venga a ser el catalizador más visible de cuantos coadyuvan en esa alucinante empresa transformadora.

Solo que, en sociedades atrofiadas como la nuestra colombiana por múltiples presupuestos ideológicos, políticos, económicos, religiosos, éticos, morales, de identidad y tradición, entre tantos, cuya preeminencia e imposición determinan la acción y el pensamiento en el ámbito institucional, sea quizá la individualidad anárquica y disidente menos efectiva para los fines de alterar el statu quo propios de su esencia.

Pero excepciones hay, interesantes, que dejan entrever la construcción de un discurso marginal desde adentro; quiero decir, desde el centro mismo de lo inmóvil, del statu quo, del establecimiento.

Un discurso que, no por marginal, deja asomar cuanto de susceptible de alterar, perturbar, deconstruir, y no me gusta el término, tiene el sistema. Y cuanto es posible construir desde adentro por esa individualidad disidente, anárquica, que lo propone como alternativa y herramienta útil, valida, eficaz, para mejorar lo inmediato de todo cuanto tiene, que es mucho, de incompetente e insuficiente el sistema.

Y bien, llegado que he a las excepciones predichas, me valgo de un sistematizado inventario de propuestas conceptuales y filosóficas unas, sociológicas, económicas, políticas y de gestión pública otras, culturales y humanísticas las más, que nos hace Alejandro Gaviria Uribe, Doctor en Economía y ministro de Salud Pública de Colombia, en Alguien tiene que llevar la contraria*, para corroborar mi muy personal conjetura acerca del papel que juega, o podría jugar, en sociedades atrofiadas por distintos causas, y la nuestra lo es, la individualidad disidente y anárquica desde adentro del sistema.

Desde la nomenklatura, de la cual está excluida por imposición de las élites, toda vez que la principal característica de esta en Colombia es, precisamente, la exclusión, por cuanto que sus más altos niveles y destinos está reservada a los vástagos y representantes de las élites políticas, sociales, patronales y económicas, las que mínimamente permiten la incursión de los intelectuales y de las disidencias en ese nicho dorado del sistema, del statu quo, que es aquella.

Y en concluyendo, atreverse a pensar disidente y anárquico y provocador, desde adentro, sea quizá el más cautivante reto que ha dado en provocar con sus ideas, artículos, discursos, reflexiones, decálogos, entre otras propuestas, Alejandro Gaviria Uribe, en Alguien tiene que llevar la contraria*, su respuesta contundente a eso que a los jóvenes, disidentes por naturaleza, pedía Charles Dickens: hechos.

Poeta
@CristoGarciaTap

*Alejandro Gaviria. Editorial Planeta, 2016.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cristo García Tapia

Ajá, ¿y qué se va a hacer?

¿Y la reactivación económica?

Ver lo que veo

Un bien de todos

De la Oposición