Por: Enrique Aparicio

Almuerzo a la italiana: el sudor, el ajo y el restaurante

Los pueblos se iban sucediendo en la carretera que bordea el Mar de Liguria: Arma di Taggia, San Lorenzo al Mare, Imperia, Diano Marina, San Bartolomeo al Mare hasta llegar a Alassio.

Nombres demasiados sonoros para quienes nacimos con la lengua y oído del español. Un recorrido divertido en otro día de inmenso calor. Con el mar cerca de la carretera, el horizonte parecía no tener límite.
 
Fue mi último día en San Remo y decidí que antes de volver a Niza para tomar el avión  visitaría superficialmente algunos lugares cercanos. Terminé en Alassio, pueblo amable, lleno de cosas buenas. Conseguí  un restaurantico típico al frente del mar después de que casi me toca comerme el carro.  Pero viendo el caos italiano donde todo el mundo, literalmente tira el auto en cualquier sitio, pues sí señor dejé el Citroen que había alquilado en una esquina.  Si lo hubiera visto la policía holandesa me quedo sin carro.

Siguiendo con mi restaurante,  una viejita, que era la que mandaba, me entregó una carta plastificada e inmediatamente puso los palitroques inevitables, el queso parmesano en una coquita de vidrio, pan casi sin sal y procedió a preguntar qué quería beber, no sin antes embutirme el botellón de agua: ¿con gas o sin gas?.

Pues a mí con gas, le dije, y una cerveza muy pero muy helada.  Materialmente me estaba derritiendo. Yo aguanto calor, pero esto que estaba pasando en Italia no era normal. Además los ventiladores debían tener la edad de la viejita.  Todo lo que se respiraba era auténtico, hasta el sudor del resto de los comensales italianos, el ajo y el aceite de oliva.

Tengo que aceptar que después del Vittelo Tonnato con una ensaladita fresca de papa, rociada en aceite de oliva y un poquito de vinagre, mi percepción del mundo inmediato comenzó a mejorar, incluyendo, claro está, la ayuda de otra cerveza helada que mi organismo asimiló como si fuera una esponja.

La viejita me sentó al pie de una ventana abierta que daba a la calle, yo creo que apiadándose de mí.  De pronto me ensimisme, me absorbí en mi mundo. Por la ventana vi pasar a toda esta gente y procedí a hacerla parte de mi vida.  Me acordé que mis ancestros italianos no dejan de aparecer en mis juicios.  Ahí va el que trabaja muy duro, ahí va la pareja joven, ahí va la familia con los dos hijos chiquitos que ha estado en el mar y la esposa y el esposo no saben si matarse el uno al otro o desaparecer a los pequeños.  Así, poco a poco, fue trascurriendo mi almuerzo en el “Genovese”.   Por un instante me convertí en parte de este pueblo llamado Alassio.

Desperté de mi viaje mental.  Era hora de pagar y comenzar el recorrido hacia Francia por la Autostrada dei Fiori. Los italianos no perdonan, a todo tienen que inventarle rimbombancia.  Quizás son unos grandes soñadores, algo que todos sabemos, pero a veces exageran.

La mente empezó a disparar las imágenes de un sitio que visité también en la costa del Mar de Liguria: las Cinco Tierras.  Cinco pueblos enclavados en las laderas de montañas que mueren en el mar. Manarola, Riomaggiore, Monterosso al mare, Vernaza y Corniglia.  Lugar de pescadores, gente de mar, como la canción en You Tube que sirve de fondo.  Es cierto que el turismo está por muchas partes pero este país no pierde su atmósfera vibrante, emocionalmente intensa y estos cinco pueblos pegados a las laderas montañosas confirman la belleza del paisaje donde hace tiempos pescadores salían por las mañanas a ganarse el sustento. Ir allí es como darle vida a toda esa historia de gente y ciudades que ni las guerras ni los políticos han podido cambiar en su esencia. 

Nota personal: tanto Trump y tanta política borran de la mente imágenes positivas llenas de buenas historias que bien pueden mejorar nuestro horizonte diario en forma positiva en lugar de sorber mentalmente tanta podredumbre informativa.

You Tube.

 

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