Por: Fernando Araújo Vélez

Amores de miedo

Él le dijo te quiero y te amaré y ella le creyó, o creyó que le creía, o quiso creerle. Vio en su uniforme seguridad, y la seguridad, pensaba, era protección, y la protección era amor.

De tanto repetir la palabra amor, se fue convenciendo de que aquello que vivía era amor. Obedecer era amor. Cumplir horarios era amor. Estar dispuesta cada vez que él la necesitara era amor. Callar, hablar, arreglar, limpiar sus armas para que estuvieran relucientes y mataran relucientemente, era amor. A ese amor se acostumbró. Ese amor la subyugó, y desde ese amor se convirtió en una infinita complacencia, que con el tiempo se transformó en miedo, y luego en pánico, aunque ella jamás lo admitiera.

Su amor miedo la hizo abandonar lo que era para ser lo que él quería que fuera. Por su amor miedo fue la mujer perfecta del uniformado perfecto. Los dos velaban y representaban a dios, las tradiciones y buenas costumbres, la familia y la patria. Los dos caminaban tomados de la mano y en su caminar el mundo parecía detenerse. Él y ella, sonrisas, luces, perfección. Él, poder, máscara y ambición. Ella, actuación, sombras y obligación. Un día, ella le escribió a una amiga que en sus desfiles diurnos había visto un hombre hermoso que le sonreía con sinceridad. Después de tanto tiempo, había vuelto a ver la sinceridad en una sonrisa. Su uniformado descubrió el mensaje, pues bajo el pretexto de seguridad nacional había intervenido su celular y cuanto aparato tuviera.

Después, bajo el mismo pretexto de la misma seguridad nacional, llenó de cámaras su casa, desplegó espías por toda la ciudad, investigó sus cuentas y, por intermedio de un bajo mando, acorraló a su amiga confidente para que le contara sus más íntimos deseos. Él era el poder y la autoridad. Ella, una simple mujer, que un día quiso dejar de ser tan simple mujer y armó las maletas para irse a la capital a estudiar lo que desde niña había querido estudiar, diseño de modas. Se fue una mañana y dejó una carta de despedida sobre la cama. Hablaba de gracias, de te quieros y de sueños. El uniformado llegó en la noche, vio la carta y llamó a sus compinches para que buscaran a “su” mujer y al muchacho de la sonrisa sincera.

Al muchacho los compinches le metieron en su apartamento algunas bolsas de droga. A “su” mujer, para advertirla sobre lo que podría hacer, le envió algunos de los videos en los que ella salía desnuda.

 

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