Carlos Fernando Galán presenta sus propuestas a la Alcadía de Bogotá

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Por: Sorayda Peguero

Ananké

Un día me llamaron de una empresa para concertar una entrevista de trabajo.

Durante la cita, la representante de recursos humanos —una señora robusta, de pelo rojizo y mediana edad— dijo que estaba todo bien, pero que había un inconveniente: “Tu acento es muy latinoamericano”, afirmó. El trabajo consistía en gestionar las devoluciones de una marca que se dedica a la venta de ropa por catálogo. El servicio se ofrecía por teléfono, desde Barcelona, a clientes de toda la España peninsular. La señora resolvió que tenía que estudiar mi caso y sugirió que, tal vez, yo debía valorar la posibilidad de disimular mi acento. Aquel día me acordé de Julio Cortázar, de sus lecciones de literatura reunidas en un libro (Julio Cortázar: Clases de literatura) y de una entrevista que concedió al periodista peruano Hugo Guerrero Marthineitz en 1973.

En otoño de 1980, Cortázar impartió un curso de literatura en la universidad de Berkeley. En la tercera clase, habló de la noción de fatalidad en el cuento fantástico. Al final de su disertación, una alumna le preguntó: “¿En qué escribe usted, en español o castellano, o en francés?” . “Escribo y escribiré toda mi vida en español —contestó Cortázar—. La defensa del idioma es absolutamente capital. Si hay un espectáculo penoso es el de latinoamericanos que al cabo de muy poco tiempo en un país extranjero permiten que su idioma se degrade y el segundo idioma comience a entrar”.

Hugo Guerrero Marthineitz entrevistó a Cortázar durante uno de sus viajes a Buenos Aires. La conversación (La vuelta a Julio Cortázar en 80 preguntas) fue difundida en “El show del minuto”, el programa de radio que Guerrero conducía en la capital argentina. En un punto de la charla, el periodista comentó: “Alguna vez me llegó un disco suyo, publicado en Buenos Aires, sobre el Torito (Justo Suárez) que transmití muchas veces en mis espacios de radio. Hubo una gran adhesión por parte de toda la gente. Lo que llamaba la atención es que algunos me telefoneaban enfurecidos por su acento francés, siendo usted argentino...”. Cortázar, que vivía en París desde 1951, lo reconoció. Sabía que mucha gente atribuía esa manera suya de arrastrar las erres a una influencia francesa. Entendía el enfado de los argentinos: “A mí también me molestaría si fuese cierto, porque sería la prueba de que me estoy olvidando del español y que el francés influye incluso en mi paladar y cuerdas vocales”. Le explicó a Guerrero algo que pocos sabían: “Yo hablo así desde que empecé a hablar. Por una razón muy sencilla: nací en Bélgica, como usted sabe, en Bruselas, a comienzos de la Primera Guerra Mundial. Durante cuatro años mi familia se vio obligada a quedarse en Europa ya que, por razones bélicas, no se podía volver a la Argentina. Y entonces hablé mucho en francés; es decir, el primer idioma que me enseñaron las criadas”.

Durante su clase en Berkeley, Cortázar citó el significado de la palabra ananké. El vocablo, de origen griego, nombra un personaje mitológico y se refiere a los destinos que nos vienen dados. Ananké me hace pensar en mi acento: mezcla de lenguaje, ritmo, herencia y azar. ¿Cuánto tiempo necesitaría para enmascararlo? ¿Tres meses, seis, un año, diez? No es una opción. Mi acento baila en la punta de mi lengua. Se deleita en cada palabra que sale de mi boca. Es parte de mi sino. No lo elegí: me tocó. Es un pájaro indómito que vuela libre.

 

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