Por: Eduardo Barajas Sandoval

Ángela de la guarda

A diferencia del presidente de Francia, la Canciller de Alemania no le ha declarado la guerra a nadie para responder a los golpes del terrorismo, y solo se ha comprometido a proteger a su pueblo y a fortalecer la vigilancia y la cooperación.

. Los dos gobernantes, con sus países heridos en menos de quince días por ataques aislados y mortíferos, difíciles de prever y evitar, pasan justo ahora por una prueba definitiva para su futuro político, el partido al que pertenecen y el Estado que gobiernan, sin que sea fácil prever el curso que puedan tomar las acciones de una guerra atomizada que golpea a cualquiera en cualquier momento y en cualquier lugar. En medio del dramatismo de la situación, la oportunidad es propicia para que alguien intente emprender un camino de soluciones.

La respuesta adecuada a la amenaza manifiesta del llamado “Estado Islámico” y al peligro que representa el “contagio” de acciones puntuales inspiradas en su modelo de violencia, está todavía lejos de ser clara, y mucho menos efectiva. El hecho de que un enemigo instalado en el fondo de una sociedad en paz golpee a personas totalmente indefensas y desprevenidas, en las circunstancias de la vida cotidiana, produce, además de muertos y heridos, el tremendo efecto de romper en pedazos la sensación de seguridad. Cuando las personas sienten que pueden ser objeto de un atentado en desarrollo de cualquiera de sus actividades de la vida diaria, en una aldea lo mismo que en una gran ciudad, en cualquier calle, en solitario o en una reunión, están siendo ya víctimas del terror. El efecto colectivo de esa sensación es devastador, porque la sociedad entera, al verse a la vez atacada e indefensa, tiende a poner en duda la efectividad de los esfuerzos del Estado por darle protección, mientras teme y espera hechos cada vez peores. Entonces el mal está hecho y salir de allí será cada vez más difícil.

Francois Hollande ha tenido que aparecer con frecuencia en la televisión, con aire de grave circunstancia, a condenar uno y otro ataque, al cual más de infame y brutal, contra sus conciudadanos. Compungido, pero a la vez desafiante y altivo, ha reiterado su declaración de guerra contra el terrorismo y contra la organización que abiertamente insiste en atacar a Francia. Angela Merkel interrumpió sus vacaciones para hacer presencia y responder por hechos sangrientos que golpearon a Alemania al ritmo de esa dinámica de radicalismo y revanchismo que se ha desatado en contra de Europa. Ecuánime y precisa, la Canciller alemana reconoció abiertamente la dificultad de controlar las acciones aisladas de la nueva oleada de terrorismo, pero se aferró a su compromiso de mantener abiertos con cuidado los canales de la inmigración a su país, y ofreció más dedicación a la vigilancia y a la cooperación internacional.

La reacción del Presidente Francés, al plantear las cosas abiertamente en términos de guerra, parece haber ayudado a recrudecer la gravedad de la situación, y todo indica que por el camino escogido está comprometido en una empresa que difícilmente podrá sacar adelante con ataques aéreos en el Medio Oriente, dirigidos desde París. Su enemigo está adentro, y no es fácil siquiera identificarlo ni prevenir sus acciones demenciales. En la medida que Hollande envía sus bombarderos a golpear al “Estado Islámico” en Siria, solo ataca la parte visible de un monstruo que no necesita a su vez responder desde allí con alguna acción aérea, porque le basta dormir ya, como un fantasma, dentro del territorio francés para despertar de vez en cuando, “en su propia casa”, y golpear cobardemente en un malecón, una plaza, un teatro, una calle o una iglesia. Lo grave es que  el pragmatismo de la Canciller alemana tampoco le alcanzará para salir adelante, porque no es suficiente vigilar mejor y cooperar más, si sus enemigos mantienen vigente su odio, y mientras al interior de su propia sociedad existen sectores que cada día se vuelven más radicales en contra de la inmigración, que ella insiste en defender, y de la “islamización de Occidente”.

Hollande está ya atrapado en la lógica de la guerra, y aunque el pueblo francés siga dando muestras admirables de resistencia, en la medida que continúa sus actividades ordinarias sin someterse a la intimidación ni ejercer retaliaciones internas, difícilmente podrá conseguir la victoria contundente que muchos quisieran. Pero Merkel, que todavía no está inmersa en esa dinámica infernal, podría ir más allá de la precaución y la prudencia y usar su enorme influencia para que Europa y el “primer mundo” busquen un curso de acción diferente.

Sería bueno reconocer que vivimos el cierre de la era de la postguerra fría.  Que estamos entrando en una etapa de transición y está quedando atrás la pregonada consolidación definitiva de ese Occidente arrogante y distante, que ha favorecido tantas desigualdades internacionales y ha mostrado tanta indolencia ante el sufrimiento de los otros. Que aún en los países más ricos se han prohijado peligrosos desbalances internos, generadores del populismo xenófobo y aislacionista del Brexit y de Donald Trump. La Canciller alemana podría intentar, con claridad y sentido histórico, una combinación de ejercicio de poder duro y apertura de canales de comunicación como los que se pueden establecer con los peores enemigos, para que la única alternativa de salida para la situación actual no sea el ejercicio mutuo de la violencia, y se abran cuanto antes las puertas de una nueva era.

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