Por: Arturo Guerrero

'Annus horribilis' con final feliz

El año 69 de nuestra era, luego de la muerte de Nerón, fue conocido en Roma como 'Annus horribilis'.

Tres emperadores efímeros -Galva, Otón y Vitelio- ascendieron y sucumbieron, por suicidio o asesinato. El cuarto, Vespasiano, se consolidó y fundó la dinastía Flavia al proclamar sucesores a sus doce hijos. 

Hedía el mayor imperio conocido hasta entonces. En el año horrible había pasado de todo. La herencia de Nerón no daba para menos. Dieciocho siglos más tarde, la reina de Inglaterra declaró 'Annus horribilis' a 1870, cuando el jefe del catolicismo anunció el dogma de la infalibilidad papal.

Estos dos antecedentes indican que los años horribles se determinan por trastornar el orden bajo los cielos. O por derrumbamiento de supremacías civiles o por cismas entre poderíos religiosos. Césares sofocan a césares, anglicanos hunden fosos frente a católicos.

En los años horribles, el mundo y sus países sienten que el barco común naufraga. En el abismo aguardan los ogros.

Pues bien, eso ha sido 2016, un 'Annus horribilis'. Se murieron los cantantes, se separó Inglaterra –¡otra vez Inglaterra!-, ganó Trump, le dieron Nobel a un cantante, se envalentonó Le Pen, ganó el No, se chifló el clima, el No se trasformó en Nunca.

Un vapor negro, peor que el del cambio climático, se esparció sobre los cinco continentes. Las mentes giraron hacia la derecha y esta derecha resultó extrema. La democracia contabilizó derrotas contra el sentido común. Los valores liberales se desmoronaron ante el mazo de los fundamentalismos.

En Colombia la protagonista fue la paz. Un parto de los montes acompañó su tímida emergencia. El atasco no vino de donde se suponía, de la guerrilla. Sino de la cuña que más aprieta, la del mismo palo. El enjuto expresidente, conocedor de hilos y trampas del poder, armó su intransigencia para frenar cualquier abrazo.

No fue piedra en el zapato, fue palo en la rueda. No hizo oposición, hizo obstrucción. Arrinconado por los hechos, continuó viendo compras y negocios donde había premios y espaldarazos internacionales. A su lado, los panzudos comandantes parecieron fáciles profesores de escuela rural.

Para colmo, el gobierno optó por celebrar los acuerdos al lado de celebridades internacionales, cuando todavía le faltaban hervores a la receta. Entonces cada logro se volvió rápidamente frustración. Uno tras otro, estos desengaños montaron al país en una montaña rusa cuyas cuestas y descensos pusieron a mil los nervios colectivos. Año horrible, míresele por donde se le mire.

Por fortuna, cuando comenzó la segunda mitad de diciembre se fueron las lluvias, se azuló el cielo, se engrandeció la luna, la Corte Constitucional aprobó el fast track, último y definitivo requisito para la fundición de fusiles.

Las gentes están estragadas, por eso ni cuenta se han dado de celebrar que por fin el gran piano en la espalda se desmontó. No importa. El hecho es tozudo. Vivimos   un 'Annus horribilis' con final feliz. No se le ocurriría a ningún novelista ni guionista, pero todos podemos protagonizarlo.

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