Por: José Fernando Isaza

Apuesta

Supongamos que una persona se ha ganado $1 millón. Alguien le dice; usted puede ganar más, $1,5 millones, y le propone la siguiente apuesta: escoja un número del 1 al 10; si acierta, se lleva los $1,5 millones; si pierde se queda sin nada.

Con seguridad, nadie aceptaría esa propuesta. El valor esperado de ganar es de $150.000, muy inferior al millón que ya tiene ganado.

Este símil ilustra la alternativa de quienes dicen que el acuerdo de terminación de la guerra se puede mejorar: basta votar No en el plebiscito y se reinician unas negociaciones que conducirán a un mejor acuerdo que también permitirá la terminación del conflicto armado. La probabilidad que esto ocurra es muy baja y lo más factible es que se pierda todo lo logrado. Una negociación es un acuerdo entre dos partes y no una decisión unilateral.

Colombia es posiblemente el único país en el mundo en que se le pregunta a sus ciudadanos si quieren o no la paz. En sentido estricto, la pregunta es si acepta o no el acuerdo que permite la terminación del conflicto, pero en términos prácticos votar que no se acepta el acuerdo equivale a que se reinicie la guerra del Estado contra las FARC.

Los últimos 13 meses desde el inicio de la tregua unilateral de las FARC y el desescalamiento del conflicto han sido, de acuerdo con el Cerac, “el periodo de menor intensidad del conflicto en los 52 años de historia, en número de víctimas, combatientes muertos, heridos y acciones violentas”. No se han reducido a cero las acciones violentas de las FARC y el Ejercito; en estos 13 meses, se han presentado diez hechos que pueden calificarse como violatorios de la tregua. Pero la reducción de la intensidad del conflicto es mayor al 98% del observado antes de la tregua.

No obstante la justificada desconfianza de la sociedad en relación al cumplimiento de los compromisos por parte de las FARC, los hechos anteriores muestran la voluntad por parte de la guerrilla de cumplir lo acordado.

El voto por el Sí es una apuesta por la paz con alta probabilidad de lograrla. Votar por el No es apostarle a la continuación de la guerra con casi una certeza de alcanzar su cometido.

El plebiscito no puede entenderse como un voto de respaldo o censura al presidente Santos o al expresidente Uribe. Es un voto por la paz y esta debe trascender los intereses políticos individuales.

Por supuesto, es ingenuo creer que el acuerdo y su ratificación en el plebiscito conduzca inmediatamente a un cese de la violencia. Quedan todavía las fuerzas paramilitares convertidas en Bacrim, la guerrilla del Eln, y la delincuencia común. Pero el grupo ilegal más significativo, más organizado y más politizado hace dejación de las armas y entra a la política desarmado.

Un voto por el No nos dejaría ante la comunidad internacional como unos parias: un país que le sigue apostando a la guerra; pasarían muchos años antes de que la ONU, los países garantes y facilitadores aceptaran su participación en un nuevo proceso de paz.

Muchos de los que apoyan el No lo hacen por convicción. Pero algunos de sus dirigentes piensan que un país en guerra les ayuda a su ideario político.

Alejar la posibilidad de tener un país sin la más antigua y más numerosa guerrilla lleva a preguntar: ¿Cuántos vidas más serán necesarias para calmar la sed de venganza?

El país merece el derecho de vivir en paz y la sociedad debe pedirles a quienes son insaciables en la guerra que le den esa oportunidad.

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