Por: Piedad Bonnett

Arremete la caverna

El conservadurismo extremo de la sociedad colombiana —y no solo del cavernario del procurador, de los miembros del Centro Democrático y de su líder vociferante o de gentes como Roberto Gerlein o Ilva Miriam Hoyos, sino el de una inmensa masa de ciudadanos— puede explicarse, en buena parte, como consecuencia de la educación en las escuelas, que siguen apoyándose, en su mayoría, en las verdades inamovibles de la Iglesia Católica, y en los últimos años de otras iglesias, que leen la Biblia de manera literal.

Aunque la Constitución del 91 decretó que Colombia es un Estado laico, donde se permite la libertad de cultos y se respeta la libertad de creencias (o su ausencia), esto está lejos de cumplirse porque la Iglesia Católica sigue teniendo un poder inmenso, a veces soterrado, y una gran influencia en instituciones privadas, del Estado, de la salud, etc. A pesar de los llamados del papa Francisco al respeto por la diferencia, la religión católica sigue predicando que la homosexualidad es una aberración contra natura, que el aborto es pecado, que la familia tradicional es la única legítima y que la adopción por parte de homosexuales pone en peligro a los niños adoptados. Muchos decentísimos católicos prefieren que siga la guerra, que mató durante años a tantos jóvenes y desplazó a miles de personas a los cinturones de miseria, o se emborrachan y se vuelven violentos en sus hogares, o no tienen empacho en mentir y calumniar a sus enemigos, pero siguen pensando que la desnudez es pecado, que el condón genera promiscuidad y hay que prohibirlo, y salen a manifestar contra las reformas a los manuales de convivencia para “que no haya tanto depravado y pervertido homosexual”, como oyó decir a una honorable dama una amiga mía.

Las preguntas sugeridas para los manuales —que entre otras cosas están apenas en fase de afinamiento— apenas responden, en su mayoría, al sentido común. Hay unas más osadas, como la de si se permite a los estudiantes “usar uniformes que les hace sentirse a gusto con su identidad de género”, que está bien que se formulen, porque las transformaciones se jalonan encarando realidades ya existentes y no con la tibieza que en estos asuntos han mostrado casi siempre nuestros partidos liberales. Todas las grandes luchas reivindicativas —las que perseguían el sufragio femenino, la aceptación social y jurídica del divorcio y de los mal llamados hijos “naturales” y la igualdad de derechos de la población negra— generan enormes resistencias de los sectores más retardatarios, e incluso sangre. Pero se siguen dando: por la no discriminación de la población LGBTI, por la legalización de las drogas —partiendo de que las medidas frente a ellas deben ser de prevención médica, no represivas— o por el derecho a la eutanasia. A mí, que me educaron en colegios religiosos donde muchas cosas no se llamaban por su nombre, porque lo común era el tabú, la malicia, la discriminación disimulada y el tapen tapen, me alegra saber que en Colombia la Corte Constitucional y una ministra valiente están dándose la pela por una sociedad más incluyente y respetuosa, apoyados por un grupo de maestros dispuestos a defender los derechos fundamentales de las minorías y que ya se manifestaron.

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